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Zavalita y Odebrecht

Pero Santiago, o “Zavalita” (el de la pregunta “¿en qué momento se jodió el Perú?”), fue un caso excepciona

Zavalita y Odebrecht

Zavalita y Odebrecht

09 de Enero del 2017 - 17:49 » Textos: Omar Aliaga » Fotos: Correo

Santiago Zavala era en teoría un niño bien. Chancón, tranquilo, de familia acomodada y miraflorina, era el orgullo de papá y mamá por ser centrado e inteligente. Sin embargo, tuvo un acto mayor de rebeldía frente a su familia al terminar el colegio. Decidió entrar a una universidad de “cholos” y de gente “roja” y “resentida”: la Universidad Mayor de San Marcos.

Sus padres pusieron el grito en el cielo, ardió Troya, pero nada pudo evitar que el muchacho díscolo se saliera con la suya. Santiago fue un estudiante más de San Marcos de la década del cincuenta, es decir, un estudiante que se reunía con compañeros izquierdistas que soñaban con la revolución y con acabar con el régimen “derechista” y “corrupto” de entonces: el gobierno de Odría.

La paradoja es que, mientras Santiago Zavala jugaba a conspirar contra el régimen de turno, su padre, don Fermín Zavala, se dedicaba a hacer negocios justamente con ese gobierno abusivo y corrupto. Don Fermín Zavala era, pues, de esa clase oligárquica peruana que ponía y sacaba presidentes, que auspiciaba golpes de Estado si es que los mandatarios de turno chocaban con sus intereses.

Una vez, incluso, Santiago cayó junto a sus compañeros en una intervención policial antisubversiva y estuvo detenido. Don Fermín, su padre, fue a sacarlo, y cuando lo llevó a casa le dio una bofetada: hasta para conspirar había que ser listo, ¿no sabía que el gobierno tenía sus teléfonos intervenidos? El padre le dijo al hijo que si quería ir a tirar bombas que lo hiciera, pero mientras esté en su casa se ajusta a las normas.

Entonces, Santiago se fue, dejó su acomodada residencia y se mudó a una pensión. Nunca más volvió. Vivió como un “cholo”, como un “resentido” de esos que su madre tanto deploraba, ajustado, sufriendo para llegar a fin de mes. Aun cuando años más tarde su padre falleció y su familia quiso darle la parte de su herencia, Santiago Zavala lo rechazó. Fue un acto de dignidad. Su familia había hecho su fortuna a través de negocios con los gobiernos de una manera ilícita y tramposa.

Pero Santiago, o “Zavalita” (el de la pregunta “¿en qué momento se jodió el Perú?”), fue un caso excepcional. Este breve resumen de su historia es una parte fundamental de la novela “Conversación en la Catedral” de Mario Vargas Llosa, y sirve para reflejar lo que hoy vemos asomar como un tsunami: el escándalo de Odebrecht. No hay nada nuevo bajo el sol, como se puede ver. Pero acaso la lección de Santiago, de “Zavalita”, sea la más correcta ahora que se viene una andanada de acusaciones políticas, seguramente, para ver quién robo más y quién robo menos. Habrá, pues, que ser como “Zavalita”, cortar todo de raíz, aun si se trata de la propia sangre, y dar un verdadero golpe de dignidad.