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AMéRICA LATINA Y LA MORAL REGIONAL

​No es una justificación sostener que la corrupción es un flagelo tan antiguo como la propia existencia del hombre para comprender todo lo que acontece en América Latina, donde la axiología política está por los suelos. La corrupción ha sido considerada por la ONU como uno de los mayores flagelos de la humanidad. Es tal su alcance hemisférico que la mirada internacional de América Latina no es precisamente la de una región próspera que honradamente quisiera salir del subdesarrollo, como se ha querido transmitir en los últimos años.

13 de Abril del 2017 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

No es una justificación sostener que la corrupción es un flagelo tan antiguo como la propia existencia del hombre para comprender todo lo que acontece en América Latina, donde la axiología política está por los suelos. La corrupción ha sido considerada por la ONU como uno de los mayores flagelos de la humanidad. Es tal su alcance hemisférico que la mirada internacional de América Latina no es precisamente la de una región próspera que honradamente quisiera salir del subdesarrollo, como se ha querido transmitir en los últimos años. 

Ahora bien, la corrupción tiene actores visibles, la inmensa mayoría de ellos son miembros prominentes de la clase política en sus países. El proceso de degradación de dichas clases políticas se debe a la cuestionada actuación de quienes han tenido el privilegio de administrar el poder político y se comprometieron con el desarrollo nacional. Ninguno de los compromisos vociferados a los cuatro vientos por quienes tienen o han tenido el privilegio de administrar el poder en sus países se ha cumplido. 

La crisis en nuestra región se ve reflejada en la quiebra de la moral estatal, principalmente, y donde el lindero de los escrúpulos resulta ya inexistente. Nadie jamás imaginó -no había razón para hacerlo- la dimensión del caso Odebrecht y de la crisis intraestatal que está produciendo su modo de operar, basado en una sistemática red de sobornos al más alto nivel en los países de la región. Es verdad que hay que cuidar, y mucho, que la imputación sea demostrable, porque se trata de responsabilidad atribuible a personas naturales en la gran mayoría de casos. 

Con todo eso, el penoso cuadro de lo que está pasando en América Latina la retrotrae en su objetivo de mostrarse como una región próspera. La administración de justicia deberá cumplir un rol impoluto, sin contaminarse de la ideología o de la partidocracia u otros intereses, que nunca faltan. Mirando la moral en el continente, todo está a prueba: instituciones, procesos y personas.

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