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COREA DEL NORTE Y LA TEMIBLE BOMBA DE HIDRÓGENO

​El reciente anuncio de Corea del Norte que en cualquier momento podría lanzar una bomba de hidrógeno instalada en un misil balístico intercontinental sobre Estados Unidos o algunos de sus aliados, Corea del Sur o Japón, ha alarmado al mundo entero no solo por el impacto devastador que produciría como consecuencia dicho lanzamiento, sino además por las represalias que podrían sobrevenir sobre Pyongyang.

04 de Septiembre del 2017 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

El reciente anuncio de Corea del Norte que en cualquier momento podría lanzar una bomba de hidrógeno instalada en un misil balístico intercontinental sobre Estados Unidos o algunos de sus aliados, Corea del Sur o Japón, ha alarmado al mundo entero no solo por el impacto devastador que produciría como consecuencia dicho lanzamiento, sino además por las represalias que podrían sobrevenir sobre Pyongyang. 

El asunto, entonces, es más serio de lo que muchos puedan estar pensando, pues la bomba de hidrógeno es la más mortífera de las que jamás hubiéramos querido que la inteligencia humana tuviera la capacidad para elaborar. En la historia de su diseño trabajaron incansablemente dos físicos: Edward Teller, de origen húngaro-estadounidense, y el matemático polaco-estadounidense Stanisław Ulam, quienes recién en 1951, en plena Guerra Fría, la terminaron de desarrollar. No voy a referirme al cálculo detenido del tamaño de su impacto desde la física nuclear, porque ni siquiera lo entiendo científicamente, pero sí queda claro que su detonación sería el final de todo. Es toda una incógnita que la denominada bomba H o bomba termonuclear pudiera ser desarrollada por países con capacidad tecnológica como la de Corea del Norte, más allá de que se quiera imputar al expresidente estadounidense Barack Obama la responsabilidad de dejar que el régimen de Kim Jong-un la haya elaborado, lo que no sucedió con Irán, que fue neutralizado por medio de un acuerdo para su programa nuclear. Al cierre de esta columna, la Casa Blanca y su alto mando político permanecían a puertas cerradas para adoptar una posición que a la postre será la que decida el apasionado Donald Trump. Las condiciones para que el mundo pudiera salir bien librado de una guerra nuclear son realmente escasas, por lo que la premisa anterior obligaría a Washington a tener que considerar salidas negociadas para solamente neutralizar a Corea del Norte, que debe renunciar a la arriesgadísima idea del derrocamiento de su temido régimen, cuyo verdadero poder sigue siendo una caja de Pandora.

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