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Jaime Asián Domínguez

Jaime Asián Domínguez

El fútbol como política de vida

​Si de fútbol se trata, a propósito del partido de mañana contra Argentina, desde hace más de tres décadas los peruanos vivimos bajo la política del sufrimiento y nada nos garantiza que algún día veremos el mundo pelotero redondo, como en los tiempos en que íbamos a los mundiales, desmarcados de la compulsiva frustración.

05 de Octubre del 2016 - 06:47 Jaime Asián Domínguez

Si de fútbol se trata, a propósito del partido de mañana contra Argentina, desde hace más de tres décadas los peruanos vivimos bajo la política del sufrimiento y nada nos garantiza que algún día veremos el mundo pelotero redondo, como en los tiempos en que íbamos a los mundiales, desmarcados de la compulsiva frustración.

En épocas idas, en efecto, sin más ni más y sin muchas vitaminas de por medio, aparecían los Cubillas, Velásquez, Malásquez, Sotil, Cueto y Uribe por obra y gracia del cielo, pero hoy, en que abundan los semilleros y se parcelan las selecciones en subcategorías para un trabajo dedicado, el gol está atrapado en la garganta y no podemos gritar una clasificación (ni “con los huevos de Vargas”). La madera ya no es la misma, filosofa la calle.

Es decir, las nuevas generaciones no han llegado con el hambre de gloria de antaño bajo el brazo, y los que sí -Paolo Guerrero y Cueva, por mencionar dos de los actuales- chocan con la limitación mayoritaria del grupo y, entonces, los sueños de trascendencia internacional matemáticamente se transforman en una pesadilla cada cuatro años.

El otro flanco débil de nuestra idiosincrasia futbolística es que somos poco estratégicos para contrarrestar las debilidades y sacarle el jugo a las pocas fortalezas -el famoso FODA- que exhibimos. Pizarro no es tan malo como muchos creen, lo que pasa es que todos los técnicos de turno no han podido involucrarlo de pensamiento, palabra, obra y omisión con el juego y, lógicamente, la tribuna se le viene encima.

Esta camada de “Foquita”, Zambrano, Advíncula y Carrillo, fusionada con los “pulpines” Flores, Benavente y el mismo Ruidíaz, fácil nos tendría lejos de la liviandad que hoy nos gobierna en manos de un estratega con dos dedos de frente y un innegociable don de mando. Gareca empezó con buena onda, pero las malas vibras que cohabitan en la Videna como herencia de Delfino y Burga le han restado lucidez para advertir que ahora las guerras en el verde no se ganan con una bala sino con un arsenal.

Mientras esta situación no cambie y Dios no se acuerde de que tiene que volver a ser peruano, nuestro modus vivendi será apelar a los milagros y buscar amuletos de la buena suerte (como el baile de PPK). Por cierto, estamos en octubre y de repente el Señor de los Milagros nos manda el remezón que necesita la Blanquirroja para el duelo con Argentina.