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Francia y el uso del burkini

​A pesar de que en la víspera un tribunal francés había decidido anular la prohibición del uso de la burka -velo que cubre la cabeza o parte de ella- por las mujeres francesas de origen musulmán, las muestras de rechazo por su uso -como la reciente reprobable actitud en un restaurante parisino donde los comensales, unas mujeres musulmanas, fueron expulsadas por los propietarios del negocio- siguen generando polémica en todo el país, y al mismo tiempo repudio por parte de la comunidad internacional sensata, que las asume como actitudes discriminatorias.

29 de Agosto del 2016 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

A pesar de que en la víspera un tribunal francés había decidido anular la prohibición del uso de la burka -velo que cubre la cabeza o parte de ella- por las mujeres francesas de origen musulmán, las muestras de rechazo por su uso -como la reciente reprobable actitud en un restaurante parisino donde los comensales, unas mujeres musulmanas, fueron expulsadas por los propietarios del negocio- siguen generando polémica en todo el país, y al mismo tiempo repudio por parte de la comunidad internacional sensata, que las asume como actitudes discriminatorias. La acertada medida judicial lamentablemente no ha contado con un nivel de aceptación o de adhesiones, como se podría esperar de una sociedad como la francesa, históricamente conocida por haber legado a la humanidad la dación y ejercicio de los derechos humanos, atributos o prerrogativas inherentes a la condición de ser persona humana y sobre cuya naturaleza nada es oponible. Quienes se oponen a su uso arguyen infundadamente que la seguridad se vuelve vulnerable. Ese es un parecer totalmente sesgado y lleno de prejuicios con evidente desdén hacia todo aquello que tenga un origen islámico. Con lo anterior, también es un completo error sostener una relación de igualdad entre el islamismo y el terrorismo. Precisamente esas visiones equivocadas son las que no aportan en nada a la necesaria integración sociocultural que debería primar en un país donde se cuentan más de seis millones de musulmanes, en su gran mayoría islámicos de tercera generación, que, por supuesto, son ciudadanos franceses. Es verdad que Francia es el país más islamizado de Europa occidental y que cuenta, además, con un importante número de mezquitas o recintos de oración, pero la asociación que se le quiere imponer con el terrorismo es burda e intolerable.

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