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Jugar al borde del precipicio

​El desastre es de magnitudes. Cientos de miles de afectados por la furia de una naturaleza implacable que toca especialmente a los que menos tienen

18 de Marzo del 2017 - 08:44

El desastre es de magnitudes. Cientos de miles de afectados por la furia de una naturaleza implacable que toca especialmente a los que menos tienen. Y pone en evidencia incapacidades e inacciones de autoridades que no saben prevenir y aún teniendo dinero no saben ejecutar para evitar dramas como el que vivimos, o disminuir los que llegan por sorpresa y parecen inevitables.Somos víctimas de la incapacidad o de la ausencia de prevención. Creemos que los dramas tocan a otros y solo reaccionamos cuando los vemos a la puerta. La economía está funcionando, pero pronto sentirá la pegada de las consecuencias del desastre natural.Necesitaremos una recuperación en firme, una reconstrucción que exige recursos financieros y humanos. Continuar con la idea de ser sede de los Juegos Olímpicos no se sostiene. 

La pobreza sigue existiendo y el voluntarismo no es suficiente, las limitaciones aumentan con desastres como el actual. Aun con decisión no es posible ignorar la realidad, el optimismo de PPK es loable tanto como su llamado a la calma y a la tranquilidad. Los daños son superables, pero nos tomará mucho tiempo recuperar el punto en que estábamos en los lugares donde las poblaciones han perdido todo.Lo vendan como lo vendan, el entusiasmo y el optimismo no es todo. No podemos ser víctimas de la ilusión que abonará en la poca credibilidad que ya afecta a los políticos. 

Que se unan por la reconstrucción, que dialoguen, que concierten, que actúen.Es lo que se espera de políticos y autoridades. Sin descuidar la supervisión del gasto que sin burocracias excesivas descarte la carta blanca que permite el abuso. Las declaraciones de emergencia simplifican compras, alejan los controles y alientan a los vivos. Es el momento de la acción, pero también de la responsabilidad de políticos y autoridades centrales, regionales y locales. No podemos jugar al borde del precipicio.

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