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Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Miguel Ángel Rodríguez Mackay

No seríamos los únicos en el cosmos

​Alguna vez el hombre creyó considerarse el ser privilegiado del mundo y del cosmos. Error y arrogancia ciclópea.

23 de Febrero del 2017 - 06:59 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Alguna vez el hombre creyó considerarse el ser privilegiado del mundo y del cosmos. Error y arrogancia ciclópea. Hoy la ciencia y la tecnología van acabando con esa tesis del orgullo humano fundada en su cualidad de ser racional que no se conoce en los demás seres vivientes del planeta Tierra, es verdad; sin embargo, el reciente hallazgo de los astrónomos de que habría un sistema solar con siete planetas fuera del nuestro, sí que da para pensar seriamente acerca del destino del cosmos. Pero -insisto- creer que solamente en la Tierra hay vida y que los humanos somos los únicos racionales del universo es lo más irracional e insensato que pueda sostenerse. En su tiempo, Charles Darwin puso en jaque a la Iglesia al demostrar el proceso de evolución de la especies, y al Vaticano no le quedó otra cosa que admitir la contundencia de su explicación. La Iglesia adecuó su pensamiento a la hazaña del científico y terminó anunciando que todo lo que existía era obra de Dios, esto incluida la naturaleza. Darwin se había tirado abajo la idea de que Adán y Eva eran el punto de partida real de la humanidad. Su argumentación sobre la hominización -que significa camino para hacerse hombre- dejó a la Iglesia y a los cucufatos boquiabiertos. La confirmación de hallar más vida que la nuestra podría suceder pronto. Cuando ese momento llegue, podrían cambiar algunos paradigmas sobre el devenir de la existencia, pero, a mi juicio, en el fondo, no tendría por qué suceder. Hoy nadie podría quedar absorto como Yuri Gagarin que cuando dio la vuelta a la órbita de la Tierra, dijo: “Dónde está Dios que no lo veo”. La ciencia avanza a pasos agigantados y nada de lo que ella demuestre será incompatible con la fe. Los más grandes científicos del mundo, como Galileo Galilei, Nicolás Copérnico o el propio Darwin, fueron profundos creyentes. No seríamos los únicos, es un hecho, y no deberíamos alarmarnos por ello. 

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