La próxima semana se cumple el primer año de gobierno del presidente Humala, supuestamente el de mayor popularidad y capacidad de convocatoria, a decir de la tradición política peruana de los últimos tiempos. Como siempre ocurre, los primeros meses logró más legitimidad y la adhesión de sectores que no habían votado por él durante las elecciones. Los más entusiastas resultaron los segmentos altos y medios de la sociedad peruana, aliviados por la diferencia notoria entre el mandatario en ejercicio y el candidato de los últimos años, discípulo de Chávez, confrontacional con la iniciativa, las inversiones y el capital privado, populista y amenaza para el progreso nacional de las últimas décadas.
La última encuesta, no obstante, muestra a un gobernante cada vez más lejos del respaldo popular. Unos por sentir que fueron traicionados con respecto a las propuestas electorales, y otros a quienes ya no basta la transformación presidencial, sino que empiezan a exigir con mayor presión resultados de gobierno que vayan a la par con lo obtenido por las gestiones anteriores, especialmente en cuanto a orden, modernidad y crecimiento económico.
El primer año, lamentablemente, termina de manera poco auspiciosa. Un gobierno con poco oficio y lleno de contradicciones, desde ideológicas hasta personales. Dos gabinetes desorientados de muy poca duración, sin figuras y sin resultados. Una bancada fraccionada, con integrantes improvisados, desleales y cuestionados. Una familia desbocada que desafía a su principal integrante de manera majadera y desubicada. Funcionarios públicos sudorosos en todos los niveles, que por temor a las fiscalizaciones prefieren pecar por omisión paralizando la ejecución del gasto público, frenando el crecimiento de la economía nacional.
Humala debe entender que por el bien del país la gente está dispuesta a empezar de nuevo con él en este segundo año. Como si el primero hubiera servido solo a manera de pública presentación del renovado personaje. Pero para ello necesita abrir la cancha. Ya todos nos dimos cuenta de que no tiene rumbo, ni ideas, ni iniciativa, ni equipo. Necesita hacer una convocatoria mayor que el limitadísimo y generalmente mediocre círculo con el que gobierna.
Es verdad que ha perdido el mejor de sus años, pero tiene que dar algunas señales para que gente con mayor capacidad se anime a incorporarse a su gestión pese al lastre que carga en su entorno personal y partidario.
No sería mala idea dejar a la oposición el manejo del Congreso. Generaría más confianza y apertura.