La protesta contra el gobierno y Conga llegó a la Plaza San Martín. En medio de una marcha convocada por la CGTP, supuestamente pacífica, unos jóvenes pintaron el monumento del libertador José de San Martín y la Policía apresó a cinco manifestantes para liberarlos dos días después, dado que estos aparentemente no fueron los culpables de las pintas. La alcaldesa, Susana Villarán, salió a deplorar el vandalismo y los monumentos fueron inmediatamente limpiados.
Hace tiempo que no veíamos este tipo de marchas, que terminan afectando la propiedad pública y parecería que estamos retrocediendo hasta en temas relacionados con el civismo. Cualquiera tiene derecho a marchar, cualquiera puede protestar por lo que le parezca, siempre y cuando lo haga dentro de los límites legales, esto es, de forma pacífica. Este "permiso para protestar" proviene de la libertad más íntima del ser humano, que es la libertad de expresión. Así nuestra Constitución la consagra en su artículo segundo. Pero esta libertad debe ejercerse con responsabilidad, la que proviene de una obligación también consagrada por ley, que es el respeto a la propiedad sea esta pública o privada.
Cualquier protesta debe enmarcarse en estos conceptos: libertad y respeto. Y a su vez estos parten de los valores de la persona, valores a veces olvidados y que por lo compleja de la vida no enseñamos a nuestro hijos. Finalmente todo termina en la falta de educación cívica y de valores inculcada desde la familia. ¿Quién por reclamar contra Conga pintaría la fachada de su propia casa? ¿Qué padre de familia lo permitiría? Debemos entender entonces que en nuestra vida pública debemos hacer lo mismo que haríamos en la privada.
De igual manera, el comportamiento colectivo o de masas debe analizarse con cuidado. La responsabilidad del líder dentro de estas protestas es diferente a la de las masas, inclusos de los actores inmediatos de la agresión. Este líder debe ser claramente identificado por la Policía y su responsabilidad establecida claramente.
Nuestra sociedad, conforme avanza, parecería que pierde la ética, el civismo y el sentido de comunidad. La actividades diarias parece que nos ganan y nos olvidamos de inculcarles a nuestros hijos la importancia de lo que enseñaron nuestros padres. Un poco más de civismo, de racionalidad y de tranquilidad no nos caería mal en estas épocas.