Los humalistas no pueden con sus contradicciones.
Frente a la muy concreta violencia de sus jóvenes pandilleros contra los políticos y periodistas que no son de su gusto, unos han declarado que "no saben nada" y otros han tratado de disculparlos diciendo que "son jóvenes", que "hay que comprenderlos" y que, en realidad, "ellos no tienen la culpa, sino la prensa que los provoca con sus críticas a Humala".
Esta última e iluminada frase es de Álvaro Vargas Llosa, con la cual expresa que, en caso de discrepancias ideológicas, esto no se llama agresión, sino legítima defensa. Si el autor de esta inusitada teoría está en lo correcto, no faltará por allí un ciudadano que considere sus ideas como estúpidas, ¿pero tendrá por ello derecho a clavarle un tortazo en la cabeza? Cómo se parece este argumento al de ese terrorista vasco que se defendió diciendo: "Yo disparé contra el sistema, no contra el policía"; a lo que el juez le respondió: "No fue el sistema sino el hombre el que recibió las balas, y no le sentaron nada bien". Desde un punto de vista intelectual y jurídico, no es posible caer más bajo.
Si Alvarito y esos "colectivos" y ONGs no se han enterado, no existe el derecho a insultar, escupir y lanzar piedras a quienes no participan de nuestros proyectos. Quienes atacan a periodistas o adversarios por manifestar un punto de vista contrario, no son revoltosos sino delincuentes, pues la agresión es un delito punible. Los delitos, ya sean en nombre de la raza, de los pobres o de tal o cual ideología, son igualmente delitos. Participar en la lógica del delincuente, en el sentido de que tras su violencia se esconde una idea, es deshonrar al derecho y a la democracia. Estos nacionalistas que no hablan sino eructan, que no reflexionan sino gritan, que no negocian sino tratan de imponer sus condiciones, confiesan en la práctica, con el testimonio irrecusable de los hechos, que el nacionalismo moderado y democrático es puro cuento: son los mismos de siempre, así vengan disfrazados de corderos. Pero este comportamiento no debería extrañarnos; quienes han sido educados en la escuela del partido único y del pensamiento único, no pueden actuar de otra manera. Son marxistas, y ya sabemos que el código genético de este totalitarismo es la intolerancia