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Martín Santivañez

Martín Santivañez

El Viejo Reino

Las putas tristes del comandante

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He sido un testigo excepcional del hundimiento paulatino de la izquierda española a lo largo de los últimos años. Conocí a Rodríguez Zapatero en una reunión en Ferraz, la sede del PSOE, con motivo de las Becas Líder de la Fundación Carolina, hace 10 años, cuando nadie daba un duro por él. "Bambi", como cariñosamente llamaban a ZP, se acercó al grupo de peruanos y nos preguntó por Alan García. En aquél tiempo, García no era presidente y sólo recordábamos la catástrofe de su primer gobierno. De pronto, mientras rajábamos de García, ZP nos dijo que le encantaba la oratoria del aprista. Mal síntoma, pensé.

A Zapatero la economía nunca le interesó. Lo que Bambi quería era una gran batalla ideológica, la política por encima de la vida diaria. Durante cinco años en los que disfrutó de la bonanza que recibió en herencia, todo marchó bien. Sin embargo, en cuánto estalló la crisis global y su "talante" tuvo que enfrentarse a la realidad, se hundió. Y España con él. Por eso, el domingo, el Partido Popular venció a ZP en las elecciones municipales por más de dos millones de votos. Récord histórico. Varapalo sin precedentes. Destrucción total del proyecto socioutópico de ZP. Y primer paso para una presidencia popular.

Zapatero ha perdido porque mintió cuando dijo en todos los idiomas que la crisis no afectaría a España, tardando en reaccionar ante la hecatombe y empleando la demagogia al sostener que los populares exageraban el peligro. ZP, por último, acaba de cometer lo que Pedro J.

Ramírez, el director de ELMUNDO, ha llamado "la imbecilidad política del innecesario regreso de ETA a las instituciones".

O sea, algo así como dejar que Sendero participe de unas elecciones en democracia.

Lamentablemente, veo mucho de la izquierda española en la izquierda peruana. Estoy convencido que el sectarismo, el anticlericalismo y el estatismo desenfrenado de la izquierda española es asumido de manera íntegra por la progresía peruana. También veo entre los nuestros esa necesidad de presentarse como la conciencia moral de la nación, el "reducto de la decencia", una especie de falansterio de elegidos que pontifican desde sus púlpitos sobre política, economía y aborto. Por eso odian a Cipriani, que tiene más público. Hay una dictadura del pensamiento único y una evidente argolla caviar. Y está el "buenismo", pensamiento soft que promueve una vasta reingeniería cultural. Los nuevos progres, trepadores que se venden como gurús de internet, sin tener la formación de 0.5% y los dinosaurios de su generación, sí los igualan en radicalismo y mala leche. Además, son tan hipócritas y demagogos como ZP, un hombre que pactó con los nacionalismos para preservar el poder. Nuestros progres se rasgan las vestiduras cuando la derecha insensata se inclina ante Keiko Fujimori, pero corren como putas tristes a maquillar a un fascista violador de derechos humanos, que hace dos meses tenía un plan de gobierno más chavista que Chávez. Vergüenza ajena me dan. Vargas Llosa tenía razón. Fidel Castro tiene sus putas tristes. Y hoy, Humala también.

Mientras el PSOE en España ya habla de regresar al centro, los progres peruanos, las putas tristes de Humala, se amanceban con un radical incorregible. El tiempo les pasará factura. Lo trágico es que, cuando ellos se jodan por su ideología, nosotros, todos nosotros, pagaremos las consecuencias. Prepárate Perú.

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