Cuando Martin Heidegger regresó a la enseñanza tras un breve periodo como rector del régimen nazi, marcado por su obsceno apoyo al despreciable totalitarismo, un colega suyo lo saludó con una famosa ironía: "Querido profesor, ¿qué, de vuelta ya de Siracusa?". La frase lapidaria que tuvo que soportar Heidegger y, con él, todos los intelectuales de la historia, hace referencia a las tres expediciones de Platón a Sicilia, en las que el filósofo ateniense intentó convertir al joven dictador Dionisio a la causa de la verdad y la justicia. La operación fracasó. Dionisio, muy pronto, se convirtió en un tirano monstruoso y Platón tuvo que rendirse a la evidencia. Es difícil, casi imposible, que un intelectual convierta y domine a un político. Suele ocurrir al revés.
Como casi todos los peruanos, admiro profundamente a Mario Vargas Llosa. Lo admiro de verdad. Sin embargo, pese a reconocer su gran intelecto y sus firmes convicciones democráticas, no creo, ni por asomo, que Vargas Llosa sea infalible. Es más, estoy convencido de que su poderosa mente creadora es infinitamente superior a su capacidad de análisis político. El Nobel ha demostrado a lo largo de los años que puede equivocarse. Y cuando lo hace, mete la pata a fondo.
Como cuando apoya a Ollanta Humala. El fujimorismo es indefendible. Yo no votaré por él. Pero de allí a plegarse al fascismo de los Humala hay un gran trecho. Siempre pensé que en una coyuntura tan delicada como ésta, Vargas Llosa lideraría la oposición contra Humala y Fujimori.
Nunca imaginé que pondría su enorme talento al servicio de la magia racista, de la superstición golpista y del chavismo agazapado de Humala y sus secuaces. A diferencia de muchos, estoy convencido de que no lo hace por envidia o rencor. Para mí, Vargas Llosa es presa de lo que él mismo llama en El pez en el agua su "ingenuidad característica" (página 99). Es la misma ingenuidad política que lo llevó a perder desastrosamente ante un desconocido y aplaudir, años atrás, las dictaduras de Castro y de Velasco. Hoy, esa ingenuidad lo ha convertido en el santón y profeta de los mismos que hace unos años lo tildaban de fascista, lacayo del imperialismo y agente de la CIA. Sólo así me explicó cómo Vargas Llosa se ha transformado en el Sai Baba de una izquierda hipócrita que jura por un Dios en el que no cree.
No tengo la certeza de que Vargas Llosa esté consumido por el orgullo. Pero sí me consta que los que juraron bajo su manto protector son "intelectuales" que se han vendido al poder de Humala, como antes a Velasco, navegando hasta Siracusa bajo la bandera del oportunismo.
No son independientes. No defienden la verdad.
La manosean. La prostituyen. Se alucinan, en el colmo de la soberbia infatuada, pequeños dioses de un mundo hecho a su medida, dueños absolutos del árbol del bien y del mal. No renunciarán a Humala asqueados, como Platón dejó atrás a Dionisio. Abandonarán Siracusa para venderse al mejor postor. Y llamarán a la traición "progresismo, nueva izquierda, socialdemocracia".
Porque de juramentos incumplidos se forjó en llanto la historia del Perú.