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Ricardo V. Lago

Ricardo V. Lago

Invitado por el Director

Políticas económica y social

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Para encontrar soluciones a un problema hay que partir de un diagnóstico fundamentado en algún tipo de consenso. Es comúnmente aceptado por los  organismos y analistas internacionales que, en Perú en las últimas dos décadas, la política económica y la acción del mercado han funcionado relativamente bien mientras que la política social y la administración pública no han estado a la altura del reto histórico. Prueba del progreso económico es que, en veinte años, la economía peruana ha crecido a una tasa promedio del 5%, siendo la quinta más dinámica del planeta, entre las de igual o mayor tamaño, después de las de China, India, Malasia y  Corea del Sur. Si bien el nivel de las aguas ha subido para todos, la crecida ha sido insuficiente para los sectores populares, en general, y para las provincias y el mundo rural, sobre todo en el centro y el sur del país.

La insatisfacción relativa de estos sectores y regiones ha tenido un correlato claro en los resultados electorales. A mi juicio, la lectura de la  primera vuelta es que poco más de dos de cada tres peruanos está a favor de "más de lo mismo" y algo menos de un tercio creen que se puede conseguir un desarrollo social más palpable y rápido con un gobierno más eficaz y honesto. Limeños, norteños, burguesía y clase media tienden a estar más de acuerdo con el statu quo, mientras que el resto del país favorece, en mayor medida, intervenciones y políticas que resulten en un  mayor progreso social y descentralización económica. No creo que haya muchos –excepto los muy jóvenes y los apasionadamente idealistas– que  crean en soluciones milagrosas por la sencilla razón de que la experiencia y la historia nos enseñan que no las hay. Tampoco creo que el grueso de los electores cuestionen los pilares básicos de la política económica actual per se, porque la relación entre instrumentos y objetivos de política económica es algo de economistas, que para el gran público pertenece a lo esotérico. El grueso de la población disconforme cuestiona los resultados de las políticas en materia de progreso social, justicia, y ética público y no tanto los instrumentos que es algo que, en general, no entiende. 

La regla del sufragio en un régimen presidencialista es que el ganador pasa a ser el presidente o jefe del Ejecutivo sin importar si ganó por tres millones de votos, tres mil, trescientos o uno. Es un  tema binario: o se gana o se pierde. Una vez en el gobierno, no obstante, la estabilidad y legitimidad se consiguen en el día a día buscando un adecuado equilibrio entre las preferencias e intereses tanto de los que votaron a favor del ganador como de los que votaron por el perdedor. Cuanto más ajustada la elección, más ha de tener en cuenta el gobernante los planteamientos de la opción que perdió. 

La consideración de que poco más de dos tercios del electorado estuvieron a favor de la las grandes líneas de la política económica actual en primera vuelta es algo a tener en cuenta. El reto que encara el gobierno entrante es recuperar la confianza de la empresa privada, nacional y extranjera,  para  así remontar la atonía de la inversión privada  y la inestabilidad cambiaria y bursátil que hemos vivido en los últimos meses. 

Volver a esquemas que fracasaron en el pasado supondría abandonar el progreso y aceptar la regresión y el  fracaso. Crear empresas públicas, cuando lo que falla es el servicio civil y la administración del Estado, espantaría a la inversión privada, recrearía fuentes de corrupción, y resultaría en el uso ineficiente de los recursos escasos. Abandonar los trece Tratados de Libre Comercio para ingresar al  Mercosur, implicaría renunciar a un mercado de dos o tres mil millones de consumidores para limitarse a uno  de 300 millones. Supondría la quiebra de empresas que se han creado orientadas a dichos mercados. Por ejemplo, la viabilidad de la mitad de las empresas textiles depende de las exportaciones hacia Europa y los EE.UU.

El Mercosur tiene un arancel externo común y por tanto pertenecer a esta unión aduanera sería incompatible con los TLCs bilaterales.  Mucho mejor sería una estrategia de añadir un TLC con Mercosur a los TLCs existentes. No ha sido fácil conseguir los TLCs, Colombia negoció al mismo tiempo que Perú un TLC con los EE.UU., pero, a diferencia de Perú, todavía no ha conseguido ratificación del tratado por el Congreso de los EE.UU.    

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