Cuando Lenin dijo: “Nuestra moral está enteramente subordinada a los intereses de la lucha de clases”, dio corolario feliz a una nueva forma de entender la vida y a un comportamiento sui generis que se rebeló contra todos los valores morales establecidos.
Desde esta apreciación, todo lo que favorece a sus intereses es moralmente bueno y lo que no, moralmente malo y por tanto inmoral. Trasladado este criterio al campo de los compromisos y alianzas en política, Lenin era fiel a su nueva moral cuando afirmaba: “Un partido comunista no apoya a sus aliados, los utiliza”. Para él no existía posibilidad alguna de concordia por encima de la barrera de la clase social. Así aprendieron los “rojos” en todo el mundo que el objetivo del aliado no merece respeto alguno, al mismo que debe abandonar (o liquidar) una vez que haya logrado su propósito. Así las cosas, no me parece mal que un viejo marxista como Tapia haya recibido una ración de su misma medicina.
Lo penoso en su caso, es que se ha ido arrojando barro con ventilador. Dice que el director de la DINI le ha hecho un reglaje, que sus teléfonos han sido intervenidos, que Adrián Villafuerte le odia y que Luis Fabre, el asesor de imagen de Humala, es un personaje nefasto. Incluso da a entender que el último de los mencionados estaría haciendo negocios con empresas brasileras (vía twitter, Fabre le ha respondido acusándolo de calumniador, pusilánime y traidor). También ha expresado que el Partido Nacionalista ha sido destruido, que no hay una organización democrática y que una cúpula maneja todo “desde arriba”. Por último, cree que hay una troika que maneja el poder tras bambalinas y que Humala ha sido ganado para el lado oscuro.
Luego de la sección de rayos y amenazas, el expectorado pasó a la etapa de las súplicas y las nostalgias: recordó que él se entroncó con el humalismo desde el 2005, que puso el pecho en los momentos más difíciles, que dedicó cinco años de su vida al proyecto y que es inconcebible que lo traten así. La impresión final que ofrece el señor Tapia es la de estarse comportando como una señorita despechada. Y ya sabemos con qué histeria y maldad pueden actuar los espíritus humillados