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Ricardo V. Lago

Ricardo V. Lago

Invitado por el Director

Oro y euro

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A nadie extraña leer en estos días unos párrafos así:

“La Unión como experimento monetario internacional ha fracasado. Su historia sólo sirve para arrojar luz sobre las limitaciones en cualquier intento internacional de regular en común los sistemas monetarios de varios Estados soberanos.


La Unión Monetaria sólo ha resultado en pérdidas para los países involucrados. Es difícil entender por qué Grecia fue admitida. En ningún sentido era un miembro idóneo. Económicamente, su posición era mala, amén de convulsionada por luchas políticas. Arrastraba una elevada deuda y gran cantidad de moneda en circulación. Sin embargo, consiguieron su ingreso mediante oscuros manejos políticos.”

Lo singular es que esto lo escribió el economista Henry Parker Willis en su libro Historia de la Unión Monetaria Latina (1901). La Unión Monetaria Latina fue un proyecto promovido, como el euro en los noventa, por Francia a mediados del XIX. En aquella época se utilizaban monedas de oro y plata. El objetivo era estandarizarlas para que pudieran circular en todos los Estados miembros. La Unión arrancó en 1865.  Con Francia, Bélgica, Italia y Suiza; tres años después Grecia. Varios más adoptaron los estándares de acuñación de la Unión, pero sin entrar formalmente: España,  Austria-Hungría, Bulgaria, Rumania, Serbia y hasta Venezuela.

Las monedas debían de tener el mismo contenido de oro o plata y eran idénticas en forma, salvo que llevaban el nombre de su divisa (francos, liras, dracmas, etc.), además de distintivos nacionales en  anverso y reverso. Muy parecidas a las monedas de euro. 

La Unión se disolvió de jure en 1927, aunque entró  en claro declive de facto desde 1914 al estallar la guerra mundial. Ya antes, en 1908, la Unión había expulsado a Grecia por producir monedas con menor contenido de oro que el que dictaban los cánones. Mucha moneda y poco oro, la misma canción de siempre. Cuando los Estados enfrentan problemas presupuestales y patrimoniales -incluida la insolvencia de los bancos-, lo fácil es operar a tres turnos la máquina de acuñación de moneda y lo difícil a la larga es que la moneda conserve el poder adquisitivo. Y ahí es donde se encuentra la explicación de la irresistible crecida del oro desde $220 la onza en el 2001 a $1500 y más diez años después.

El  jueves, Aldo dedicaba su columna a las perspectivas del oro según un analista, a quien me refiero como “aurífero bajista”:


“Me escribe un amigo que tuvo una breve polémica con nuestro columnista Ricardo Lago:  ‘Aldo, el oro ya cayó a $1585 y con clara tendencia a la baja, porque ya quedó claro cuál es el camino de los países que conforman el euro: un ajuste que producirá una inevitable recesión… Eso significa que la inflación brillará por su ausencia’” (http://diariocorreo.pe/columna/56799/villaran-en-cuenta-final/).

Las subidas en los precios de cualquier activo rara vez son lineales e ininterrumpidas, es natural que haya desviaciones sobre y bajo la tendencia. Uno de los patrones clásicos de los precios de activos cotizados en bolsas es el que popularizó Ralph Elliot en su libro The Wave Principle (1938) y que se conoce como el principio de las “ondas Elliot”, según el cual en todo movimiento alcista hay tres impulsos al alza y dos correcciones a la baja.

Los bancos centrales han inundado el planeta de papel moneda desde que la crisis actual mostró por primera vez las orejas en el 2000 con la burbuja  de los “dotcom”.

Con racionalizaciones de uno u otro tipo, y posiblemente para prevenir males mayores -como un colapso bancario mundial- han acelerado las emisiones desde la debacle del 2008.

Y más por venir en el 2012, dada la “aritmética desagradable” que encaran  las finanzas europeas.

(Continuará)

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