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Martín Santivañez

Martín Santivañez

El Viejo Reino

5 de abril

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¿Era posible sustraer la política peruana al autogolpe del 5 de abril? ¿Se podía gobernar de manera eficaz sin la maniobra que planificaron y ejecutaron juntos Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos? Sí, era posible. Para ello era preciso unir a todas las fuerzas democráticas bajo un gobierno de cohesión nacional en torno a un presidente que despertaba sospechas por doquier. Difícil, pero posible. Faltó generosidad, visión, compromiso con el sistema. El Perú solo ha logrado sobreponerse a sus fantasmas cuando, a lo largo de la historia, fuerzas opuestas, pero democráticas, han logrado forjar alianzas en torno a objetivos realistas, por el bien de la República.

¿Fujimori fue el único culpable del 5 de abril? No, en absoluto. He aquí una gran lección para nuestra clase política. La intransigencia ciega, el odio visceral, la estupidez radicalizada, todo eso, cuando se transforma en acción pública, crea un clima social que fortalece al autoritarismo cesarista. La pequeñez de nuestros políticos abrió las compuertas a la autocracia. A Fujimori lo parió el cainismo de la democracia boba. El Chino es el producto de nuestra incapacidad para pactar, de ese absentismo suicida que caracteriza a la clase dirigente. Como estos males perviven, el fujimorismo no ha sido liquidado y goza de buena salud.

¿A quién le interesa la subsistencia del fujimorismo? A los fujimoristas, como es obvio, pero también a la izquierda. La izquierda personaliza todos los vicios de la política en el fujimorismo, se alimenta de su enemigo y legitima su existencia presentándose ante la opinión pública como el único dique capaz de evitar el regreso de Montesinos y sus lacayos. Todo esto, por supuesto, es mentira. La caída del fujimorismo se produjo por numerosos factores, endógenos y exógenos. La coalición que ayudó a desmontar el shogunato fujimorista no estaba compuesta exclusivamente de izquierdistas y caviares. Había en ella gente de centro, cuadros de la derecha, liberales, conservadores, demócratas cristianos. En este país hay gente que rechazó la corrupción desde todos los parapetos. Se trató de un frente amplio y heterogéneo. Apropiarse del mérito falsifica la historia y denota la catadura moral de los que se arrogan un triunfo que nos pertenece a todos.

Por eso, aunque Humala es un presidente limitado, incapaz de apartar a mediocres como Roncagliolo, es preciso apoyarlo, sosteniendo a las voces pensantes del gabinete, promoviendo reformas realistas, apostando por la eficacia y, por supuesto, denunciando sus excesos demagógicos. La conversión del fujimorismo en una fuerza democrática es posible (todo es posible en esta vida), pero considerar que solo un partido fujimorista encarna adecuadamente el espacio de centro-derecha popular es una falacia interesada. Las últimas elecciones lo demuestran. Hay un importante voto que no responde ni al fujimorismo ni a la izquierda populista. Ese voto, el de millones de personas, también cuenta para el futuro del Perú.

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