Temas

Opinión

Rousseff cayó, pero no es un cadáver político

​El desenlace sobre el futuro de Dilma Rousseff era inexorable, es decir, que sería destituida, pero igual en la víspera la primera mujer que alcanzó la Presidencia del gigante sudamericano de la mano de su mentor político y del Partido de los Trabajadores fundado por este, recurrió por más de 14 horas en la Cámara Alta del Congreso brasileño al discurso político como estrategia para su defensa, cuando lo relevante hubiera sido que el enfoque de su alocución fuera jurídico.

01 de Septiembre del 2016 - 02:08 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

El desenlace sobre el futuro de Dilma Rousseff era inexorable, es decir, que sería destituida, pero igual en la víspera la primera mujer que alcanzó la Presidencia del gigante sudamericano de la mano de su mentor político y del Partido de los Trabajadores fundado por este, recurrió por más de 14 horas en la Cámara Alta del Congreso brasileño al discurso político como estrategia para su defensa, cuando lo relevante hubiera sido que el enfoque de su alocución fuera jurídico. No era el Senado el espacio ideal para una ferviente defensa de su derecho, pero presidiendo el impeachment o juicio político, el presidente del Supremo Tribunal Federal, magistrado Ricardo Lewandowski, la ahora expresidenta del Brasil pudo sacarle provecho a esa circunstancia para transmitir la idea de que estaba siendo objeto de una venganza política y de que se trataba, como ella había insistido, de un golpe de Estado. Su estrategia falló y así fue cómo los senadores la escucharon, es verdad, pero no hicieron caso de su invocación rogatoria. Frente a ello, Rousseff, viéndose perdida y ante la inminencia de la hora menguada, a pesar de los esfuerzos de Lula para tratar de persuadir en algunos senadores para que no apoyen la destitución, decidió recurrir, entonces, a la técnica de la victimización para provocar una reacción popular de adhesión con la exguerrillera que, como en su juventud, ahora estaba siendo objeto de ignominias y ataques políticos. Con lo anterior, descartó la renuncia que le habría generado una carga de responsabilidad por su aceptación tácita, y más bien optó por “inmolarse”, a fin de capitalizar futuras adicciones dado que no ha sido suspendida su participación política por los próximos 8 años que todos imaginaban, como sucedió (1992) al expresidente Fernando Collor de Mello, que prefirió renunciar. Ha caído al abismo político, pero no es un cadáver político.

Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Miguel Ángel Rodríguez Mackay