Convulsiones

COLUMNA: ROLANDO RODRICH

Escuchaba al ministro de Justicia hablar en nombre del Estado peruano y me obligaba a preguntarme si el Estado soy yo también, porque en nada me sentía representado por el doctor Mendoza. En todo caso, el ministro hablaba en nombre del gobierno que, por ahora, administra los asuntos del Estado peruano. Este nivel de desconexión de la élite política está en la base de una crisis que la mayor parte de los peruanos no comprende. No es solo el resultado del llamado “electarado”, que parte de verdad contiene pero que no describe correctamente una realidad que se ha dado por comparar a Luis Alberto Sánchez y Kenji Fujimori, ambos en su momento los más votados en el Congreso de la República. Las organizaciones políticas, al menos las presentes en el Congreso -las otras no existen-, apenas si suman una docena de integrantes en lo que llaman “sus bases” en cada distrito. Y estos no son más que los que cumplieron algún papel en la campaña (pintar paredes, por ejemplo) y están a la espera de la retribución con algún cargo público. Para el resto del país, la relación de las élites políticas con sus militantes y simpatizantes no va más allá del obsequio de un táper o una camiseta. De manera que la preocupación por las vacancias, los indultos y la corrupción se mezcla y confunde con la misma frecuencia con que los congresistas y funcionarios aparecen en las noticias de la farándula y la televisión. Si nadie baja de los cerros a defender el indulto, si nadie baja de los cerros a defender al Presidente de la vacancia, ya podemos hacernos una idea de la ausencia de liderazgo. Quizá más eficiente sea el liderazgo de quienes salieron a defender un precio por la papa. ¿Es eso lo que queremos? A veces nadie sabe para quién trabaja. Cuando nos asusta la crisis, parecemos olvidar que este país es un cuerpo convulsionando cuando le estamos arrancando los tumores de la corrupción.

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