El Papa y la corrupción

COLUMNA: JAVIER DEL RÍO ALBA

En el encuentro que, con motivo de su reciente visita al Perú, tuvo con las autoridades, representantes de la sociedad civil y el cuerpo diplomático, el papa Francisco calificó a la corrupción como un virus degradante que, poco a poco y muy sutilmente, intoxica el entramado vital y contamina a la sociedad, perjudicando sobre todo a los más pobres. La corrupción es el pecado elevado a sistema y sumerge a enteras sociedades en la mentira y el fraude. La corrupción no se circunscribe a ciertos funcionarios públicos, políticos o grandes empresarios, sino que puede infectar también a todo tipo de ciudadanos y miembros de la Iglesia. Como dice el Papa: “Corrupto es el que se indigna porque le roban la cartera y se lamenta por la poca seguridad que hay en las calles, pero después engaña al Estado evadiendo impuestos y quizá hasta despide a sus empleados cada tres meses para evitar hacerles un contrato indefinido… Es el que quizá va a misa el domingo, pero no tiene ningún problema en aprovecharse de su posición de poder reclamando el pago de sobornos” (El nombre de Dios es misericordia, Lima, 2016, p. 94).

A la luz de estas enseñanzas puede cada uno examinar su conciencia; porque, también lo dijo Francisco en Palacio de Gobierno, “la corrupción es evitable y exige el compromiso de todos”. Una cosa es ser pecador y otra ser corrupto. Si el pecador reconoce su pecado y se arrepiente, recibe el perdón de Dios. El corrupto, en cambio, vive instalado en el pecado. No solo no se arrepiente sino que se autojustifica y termina esclavo de su propia mentira. La corrupción mata el alma; la conversión la resucita. Examinemos nuestra conciencia y si alguno descubre que el virus de la corrupción lo ha infectado, no tenga miedo de volver a Dios para que lo cure y experimentará que de su corazón brotará el gozo de la verdad.

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