La Iglesia y la pena de muerte

En realidad, el papa Francisco concreta lo que en su momento había decidido uno de sus antecesores

Para los católicos que venimos insistiendo para que en el Perú se implante la pena de muerte, para el caso de violación sexual de menores con consecuencia de muerte para la víctima, la reciente noticia del papa Francisco de declarar inadmisible la pena de muerte, determinando su eliminación del Catecismo católico, sin duda nos remece y la respetamos, pero no correspondería a la imperiosa realidad social. En realidad, el papa Francisco concreta lo que en su momento había decidido uno de sus antecesores, el Obispo de Roma Pablo VI (1963-1978), dejando atrás la concepción sobre la pena capital que imperó durante la Alta Edad Media y gran parte de la Baja, en que la Iglesia ejerció un poder e influencia en el mundo como nunca más se ha vuelto a ver. Su alianza con las monarquías otorgó a los papas y a la Iglesia un poder político incomparable, incluso sobrepasando al de los monarcas por algún buen trecho de la vida internacional como sucedió con Carlomagno, poderoso rey de los francos, que tuvo que someterse al ungimiento del papa León III durante su coronación en la Catedral de San Pedro, el 25 de diciembre del año 800 d.C., para legitimar su poder como soberano. Así, por su rol en la sociedad de esa época, coadyuvó a la legitimación de la pena de muerte contra todos los que violentaran la fe, siendo sentenciados aquellos que caían en la condición de herejes o excomulgados.

Basta solo recordar al Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, que fuera fundado en 1478 por los Reyes Católicos, y que fue muy efectivo durante la denominada Contrarreforma religiosa que surgió para detener la Reforma protestante europea. Su solo funcionamiento confirmó la calidad permisiva de la pena de muerte. El desarrollo de la misericordia recién cobra vida durante el Concilio Vaticano II (1962-1965), que relanzó los roles de la Iglesia en el mundo contemporáneo, concluyendo que hasta el más vil criminal puede convertirse. Concluyo precisando que el Derecho como ciencia está apartado de la Moral, sin que neguemos la carga moral en la norma jurídica. Esto es básico para comprender que su campo de acción y de ejercicio es distinto del de la moral.

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