La peruana más famosa

COLUMNA: JAVIER DEL RÍO ALBA

Como cada año, el 30 de agosto decenas de miles de personas, en numerosos países, hemos celebrado la fiesta de Santa Rosa de Lima, una joven que vivió hace más de cuatrocientos años y sigue siendo la peruana más conocida en todo el mundo. Siendo muy bella y teniendo no pocos pretendientes, ella prefirió acoger el pedido de Jesús, que le dijo: “Rosa de mi corazón, sé tú mi esposa”, y aunque no se hizo monja sino que siguió viviendo en casa de sus padres, se consagró por entero a Dios y al servicio gratuito de los más pobres, enfermos y necesitados. Finalmente, contrajo una dolorosa enfermedad, mediante la cual terminó de descubrir el valor salvífico del sufrimiento humano y de experimentar, en su propia carne, que la cruz no es un instrumento de muerte sino de vida eterna si se acoge con la confianza puesta en Dios, porque Cristo ha vencido a la muerte y nos hace partícipes de su vida inmortal.

En un mundo como el que nos ha tocado vivir, herido por el consumismo, el hedonismo y la corrupción que va en aumento, Rosa de Lima nos enseña el verdadero camino que conduce a la felicidad plena: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Una frase que hemos oído muchas veces y que la mayoría hemos aprendido de memoria desde pequeños, pero que con el transcurso de los años corremos el riesgo de olvidar y dejarnos arrastrar por los ídolos de este mundo que, al final, terminan esclavizándonos e impidiéndonos ser verdaderamente felices. Pidámosle a Dios que nos conceda la gracia de volver con sencillez a las fuentes de nuestro bautismo y nuestra fe católica, tan atacados por ciertas corrientes de pensamiento que pasarán, como pasan las modas, pero dejando tras de sí a más muertos y heridos que las guerras, el terrorismo y la delincuencia.

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