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COLUMNA: IVÁN SLOCOVICH

Por estos días, el Poder Judicial y el Congreso tienen la gran oportunidad de dar un contundente mensaje de firmeza y rechazo al terrorismo, pues se viene la sentencia a la cúpula de la banda Sendero Luminoso por el salvaje atentado de la calle Tarata y la posibilidad de sancionar a la legisladora de izquierda María Foronda por llevar a trabajar a su despacho parlamentario a una sentenciada por haber sido parte de ese otro grupo criminal llamado MRTA.

El Poder Judicial, ese que en el pasado hizo el juego al terrorismo al liberar “por falta de pruebas” a asesinos que caían detenidos incluso con armas y explosivos, y que ha tardado 26 años en sancionar a los autores del brutal atentado en Miraflores, bien podría hacer un intento por lavarse la cara rechazando los legalismos y tinterilladas de la defensa de los terroristas, para así aplicarles las más duras penas a Abimael Guzmán y los criminales que lo secundan.

Tengamos en cuenta que es precisamente la mano blanda del sistema judicial en general lo que ha permitido que esta banda terrorista, ya sea de manera directa o a través de sus grupos de fachada como el Movadef, se mantenga activa en diferentes sectores. No olvidemos el infame mausoleo de Comas que sigue en pie, su presencia en las universidades públicas, sus movilizaciones callejeras y sus intentos por participar en política. ¿Y los jueces y fiscales? Bien, gracias.

De otro lado, haría bien el Congreso en actuar con firmeza ante el golpe bajo que dio la legisladora Foronda a todos los peruanos al llevar a trabajar al Congreso a la emerretista Nancy Madrid Bonilla, quien ganaba un sueldo pagado por todos los ciudadanos de este país pese a haber sido la “administradora” de las “cárceles del pueblo”, esas mazmorras donde Víctor Polay y Peter Cárdenas encerraban por meses enteros a las víctimas de sus secuestros.

Al terrorismo no se le puede dar un solo milímetro de ventaja. En ese sentido, el Poder Judicial y el Congreso están ante la gran oportunidad de decirnos a los peruanos que los 30 mil muertos ocasionados por las mencionadas bandas criminales, así como los traumas personales y colectivos que perduran hasta hoy, no han sido en vano, por más que hoy algunos, de manera inexplicable, quieran pasar por agua tibia la sangre derramada y los años de barbarie que tuvimos que soportar.

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