Muerto el perro, muerta la rabia.

COLUMNA: Rolando Rodrich

Ya vieron lo mal que la están pasando, pero hay gente tirada para el mal por puro instinto. Lo digo por los candidatos a alcaldes y gobernadores, alrededor de quienes comienza a cerrarse un círculo de inesperados mecenas, dadivosos personajes a quienes brota la sensibilidad social para ayudarles a llegar al Gobierno. En medio de los apuros de la competencia, y tras voltear los bolsillos vacíos de sus pantalones, aparecen estos ángeles con las palabras mágicas: - ¿qué necesitas: paneles, volantes, radio, TV, diarios, pintura, etc.? No te preocupes, yo lo pongo. - Sí, pero cuánto …, -No te preocupes, ya cuando ganes vemos cómo me lo pagas. Y entonces tenemos en cada región, y en cada municipalidad nuestras réplicas de “Lava jatitos”, autoridades hipotecadas, de quienes a veces no entiendes por qué toman decisiones que, a todas luces, los meterán en problemas con la justicia. Si el donante no tiene problema en hacerlo a través de un banco, y que se registre el aporte en libros del partido y de la ONPE, cuando menos habrá una garantía de transparencia. Pero si la condición es el secreto, quedará claro que la intención del donante de la inversión es un negocio, entonces habrás cruzado esa línea que solo se cruza una vez. Le pasa a los perros cuando prueban sangre de ave de corral, nunca más volverán a convivir con otros animales; de ser sus cuidadores pasan a depredadores.

El político corrupto ya no es un servidor de su comunidad, es un peligro del que tenemos que deshacernos. Y cuanto más pronto mejor, sí o sí, aunque parezca que todavía lo necesitamos, aunque jure que es la última vez, que va a cambiar, etc., etc. Muerto el perro, muerta la rabia. Y si son muchos los perros, uno por uno. Esto no es extremismo ni intolerancia, es salud social.

Tags
Lo más visto
Más en sección