Para romper el círculo

COLUMNA: ROLANDO RODRICH

Había una vez un tiempo en que los gobernantes aparecían en las páginas más importantes de un diario, las de política y las de sociales. Hubo otro tiempo en que los gobernantes migraron hacia las páginas policiales, judiciales y de espectáculos, disputándose las columnas con la delincuencia y las vedettes. Entonces, ladrones y bailarinas dijeron: “¿Por qué no, si estos se han venido para acá, nosotros no nos vamos para allá?”. Desde que la Cicciolina, la italiana, y su plagio Susy Díaz, la limeña, usaran las nalgas para pintarse el número asignado electoralmente, muchas cosas han cambiado. Hubo un tiempo en que el ministro designado y el congresista elegido, a la menor acusación, a la sospecha y la mínima evidencia, renunciaba al cargo público, independientemente de que fuera sometido o no a los tribunales. La deshonra bastaba y sobraba. Hoy son delatados, pero dicen que no han recibido nada. Lo hacen con tanta firmeza y convicción que ya algunos están sospechando que Barata, el delator, se ha tirado la plata, que nunca les dio nada. Cosa que no nos debería de asombrar ante los niveles de cinismo que hemos alcanzado. Pero no cometamos el error de volver a entrar al círculo vicioso del pesimista. No le pidas peras al olmo, es decir, qué podemos pedirle a nuestra clase política si es fiel reflejo de la clase de electores que tenemos. Si esto fuera cierto, ya de antemano estaríamos condenándonos a la decadencia; en consecuencia, si ese es el destino, mejor nos quedamos quietos. Pero es exactamente lo contrario lo que le corresponde hacer a los ciudadanos que quieren que las cosas cambien para mejor. Es la acción, la participación de quienes ahora son observadores, críticos y quejosos de esta desgracia política. Para decirlo de una manera muy simplista: los malos ganan porque los buenos lo permiten.

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