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Carol Neumann: “Hoy busco escribir una literatura que invite más a imaginar que a entregar respuestas”

La autora de literatura infantil chilena habló con Correo sobre el poder de los cuentos, la lectura en la primera infancia y su búsqueda por crear historias que despierten la imaginación.
(Fotos: Rafael Cornejo V. @photo.gec)

Gianina Laredo Ravello

Actualizado el 05/08/2026, 07:00 a.m.

Carol Neumann encontró en la maternidad el impulso para cumplir un sueño que la acompañaba desde la infancia: escribir libros para niños. Lo que comenzó como cuentos improvisados para sus hijos se transformó en una colección de 15 títulos que combinan imaginación, humor y herramientas para el desarrollo socioemocional.

En entrevista con Correo, la escritora chilena reflexiona sobre el valor de la lectura en los primeros años de vida, el papel de las ilustraciones, los desafíos de escribir para la infancia y la importancia de crear historias que, más que entregar respuestas, inviten a los niños a imaginar, emocionarse y construir sus propias interpretaciones del mundo.

—¿Cómo nació tu camino como escritora y en qué momento sentiste que la escritura podía convertirse en una parte fundamental de tu vida?

Desde que me transformé en mamá —soy madre de tres pequeños— comenzó todo. En ese momento empecé a contarles cuentos a mis hijos por las noches y, de repente, apareció una historia: el primer libro que escribí, que se llama Azulada. Se trataba de una niña que tenía la piel de color azul.

Mi hija Maite, que en ese momento tenía dos años, empezó a pedirme cada noche más cuentos de Zuli. “Más cuentos de Zuli, más cuentos de Zuli”, me decía. Hasta que un día me animé y pensé: “Ya, voy a escribirlo y se lo voy a enviar a una editorial”. Y así partió todo.

Yo soy periodista de profesión y entré a estudiar Periodismo porque quería ser escritora. Es muy lindo, porque cuando era pequeña y me preguntaban qué quería ser cuando grande —mientras otros niños respondían que astronauta, doctora o profesora— yo decía: “Quiero escribir libros para niños”.

Ese sueño siempre estuvo en mi corazón, pero no fue hasta que fui mamá que lo recordé y me animé a escribir cuentos infantiles.

Además, tengo una carrera profesional muy vinculada a la educación. Cursé un máster en Educación en Columbia University y quería traducir ciertas estrategias de apoyo socioemocional e inclusión en recursos útiles que pudieran ser utilizados tanto por las familias como por los profesores en los colegios.

Así empecé a desarrollar esta línea de trabajo y hoy ya tengo 15 libros publicados.

Hasta el momento, todos están dirigidos a niños de 0 a 6 años, pero se vienen novedades. Voy a atreverme a escribir novelas para niños que ya son lectores: historias pensadas para niños de 7, 8, 9 y hasta 10 años.

—Cuando creas un cuento infantil, ¿piensas primero en una enseñanza que quieres transmitir o en una historia que despierte la imaginación?

Me pasan las dos cosas. Tengo libros más literarios, que invitan a entretenerse, a reírse y a disfrutar de la historia. Son cuentos con humor que hacen partícipes a los niños y los convierten en protagonistas de la experiencia de lectura.

También tengo otros cuentos que están basados en evidencia científica sobre apoyo socioemocional para niños. Esos sí buscan dejar un mensaje, pero no como una enseñanza explícita, sino invitándolos a reflexionar y a empatizar con los personajes.

Por ejemplo, uno puede preguntarles: “¿Cómo crees que te habrías sentido tú si fueras Lilo?”, que es uno de los personajes de mis historias. O, en La Sonrisa Fugitiva: “¿Has sentido alguna vez que tu sonrisa se ha marchado? ¿Por qué pasó eso? ¿Qué sentiste en ese momento?”.

Son cuentos que sirven para generar conversaciones que, probablemente, de otra manera no habríamos tenido con los niños y las niñas.

Por un lado, busco fomentar su creatividad, su imaginación y el gusto por la literatura. Pero, por otro, también los invito a conversar con los adultos significativos que tienen a su lado acerca de lo que les está pasando, de aquello que los hace felices y también de lo que, a veces, les da miedo o les preocupa.

Al final, mi trabajo es una mezcla de ambas cosas: entretener y, al mismo tiempo, abrir espacios de diálogo y reflexión.

—En una época en la que los niños están rodeados de pantallas y contenidos rápidos, ¿cómo crees que los cuentos pueden seguir conquistando su atención y su imaginación?

¿Qué pasa con las pantallas? Muchas veces son muy atractivas para los niños porque tienen sonidos, luces y generan una interacción que, de alguna manera, los hipnotiza.

¿Y qué pasa con los libros? Los libros también tienen algo muy poderoso: La voz de quien los lee. Está neurológicamente comprobado que la voz de esa mamá, papá o adulto significativo es la que los niños prefieren escuchar.

Por supuesto, si uno les lee un cuento de manera monótona, sin énfasis y sin jugar con las distintas tonalidades de la voz, lo más probable es que no logre despertar su interés. Pero si uno se prepara, lee el libro antes y, al momento de narrarlo, utiliza gestos, hace pausas y crea suspenso, la experiencia cambia por completo.

Por ejemplo, antes de dar vuelta una página, uno puede decir: “¡Ay, no! No quiero dar vuelta la página”. Y los niños inmediatamente responden: “¡Por favor, da vuelta la página! ¿Qué pasó? ¿Qué pasó?”. Ahí uno descubre que la clave está en contar historias de una manera significativa, haciendo que ellos participen y se involucren.

Cuando eso ocurre, realmente no tenemos nada que envidiarles a las pantallas. Además, especialmente entre los 0 y los 6 años, los libros infantiles tienen ilustraciones maravillosas. Cada detalle del fondo, de los personajes o de los escenarios invita a descubrir algo nuevo. Un mismo libro puede leerse muchas veces y, en cada lectura, los niños encontrarán nuevos detalles y nuevas sorpresas.

Las ilustraciones son, además, el primer acercamiento que tienen los niños a la belleza estética. Desde que son bebés o muy pequeños, los estamos acercando al arte, a las distintas perspectivas, a los colores, a los planos y a diferentes formas de mirar el mundo.

—A lo largo de tu carrera como autora infantil, ¿qué transformación has visto en la manera en que los niños leen, imaginan y se relacionan con los libros?

He visto que tanto en Chile como en Perú existe hoy un interés especial por fomentar la lectura en los niños y las niñas. Antes de la lectura, por ejemplo, podemos partir observando la portada y preguntándoles: “¿De qué creen que se tratará este libro? ¿Quién será esta niña? ¿Por qué será azul?”. Los invitamos a formular hipótesis y a imaginar la historia antes de descubrirla.

También invito a las familias a organizar tiempos para llevar a sus hijos a actividades de fomento lector, cuentacuentos, bibliotecas o encuentros con autores. La idea es que descubran la lectura de una manera lúdica, cercana y nunca como una obligación.

Hoy la mirada ha cambiado profundamente. También me preguntabas por la evolución de la lectura, y creo que ese ha sido uno de los cambios más significativos.

Durante mucho tiempo se pensó que la lectura comenzaba en primer grado, cuando se enseñaba formalmente la lectoescritura. Era ahí cuando los niños aprendían las sílabas, empezaban a formar palabras y a leer por sí mismos. Pero, ¿qué pasaba antes? ¿qué ocurría con los bebés o con los niños de cuatro o cinco años? Muchas veces se pensaba que todavía “no les tocaba”.

Hoy existe una mayor conciencia sobre la enorme importancia de los primeros seis años de vida. Sabemos que es en esa etapa cuando se desarrollan las habilidades precursoras de la lectura, aquellas que más adelante facilitarán el aprendizaje de la lectoescritura de una manera natural y significativa.

Cuando un niño crece en una casa donde le leen cuentos, donde visita bibliotecas o participa en actividades relacionadas con los libros, la lectura deja de ser una obligación escolar y se convierte en algo familiar, cercano y querido.

—A diferencia de otros géneros, en los cuentos infantiles la ilustración tiene un papel fundamental. ¿Cómo imaginas la relación entre tus palabras y las imágenes que acompañan tus historias?

Las ilustraciones son igual de importantes, e incluso, muchas veces, más importantes que el propio texto. Tienen que ser ilustraciones cálidas, que inviten a los niños a imaginar, a observar y a descubrir.

A veces el texto y la ilustración cuentan exactamente lo mismo. Por ejemplo, si el texto dice: “Azulada es una niña a la que le gusta bailar ballet”, la ilustración simplemente muestra esa escena.

Pero, en otras ocasiones, las ilustraciones complementan la historia con información que el texto no entrega, o incluso pueden contradecir lo que se está diciendo. Y eso también invita a los niños a pensar, a interpretar y a hacer preguntas.

Existe una frase que dice que una imagen vale más que mil palabras, y creo que en los cuentos infantiles eso es absolutamente cierto. Las ilustraciones no solo acompañan el texto: cuentan una historia propia, despiertan emociones y convierten la lectura en una experiencia mucho más profunda y significativa.

—¿Crees que escribir para niños exige conservar una mirada infantil del mundo? ¿Cómo mantienes viva esa capacidad de asombro al momento de crear?

Yo creo que, al momento de escribir para niños, uno tiene que tratar de pensar como ellos. Muchas veces se dice que, en la literatura infantil, todos somos censores. Y no me refiero a censurar el contenido, sino a que, al final, quienes eligen qué libro va a leer un niño son los adultos.

¿Quién compra los libros en la librería? El papá, la mamá o algún adulto significativo. ¿Quién decide qué texto se leerá en el colegio? El profesor. Por eso, para que un libro realmente conecte con los niños, el autor tiene que hacer el ejercicio de volver a mirar el mundo desde su perspectiva.

Hay que recordar esos momentos de la infancia que nos asombraban, las cosas que despertaban nuestra curiosidad, las preguntas que les hacíamos a nuestros padres. Y, en mi caso, además, tengo la fortuna de ser mamá de tres niños, de tres, seis y ocho años, así que puedo observarlos todos los días.

Para los más pequeños, entre los 0 y los 3 años, se recomiendan cuentos acumulativos o con estructuras repetitivas, con rimas y musicalidad. Idealmente, historias que incluso puedan cantarse en voz alta y que repitan palabras o frases para favorecer el desarrollo del lenguaje.

Luego, entre los 3 y los 6 años, los niños entran en la etapa preoperacional del desarrollo. En ese momento buscan otro tipo de relatos: historias cercanas a su vida cotidiana, con personajes y situaciones en las que puedan verse reflejados.

Creo que uno tiene que escarbar un poco para recuperar esa forma de mirar el mundo. Pensar en aquello que hacía reír a un niño, en lo que le provocaba asombro, en las preguntas que se hacía y en todo aquello que despertaba su imaginación.

La magia y la fantasía son parte de ese proceso. En algún momento dejamos de creer en la magia. ¿Qué pasó para que eso ocurriera? Me gusta pensar que, cuando escribimos para niños, tenemos la oportunidad de volver a creer, aunque sea por un instante.

—Mirando tus primeros textos y tus libros más recientes, ¿qué cambios reconoces en tu manera de escribir y de construir historias?

Mira, publiqué mi primer libro en 2020, Azulada, y siento que, con el paso del tiempo, mi manera de escribir ha ido evolucionando.

Hoy busco escribir una literatura que invite más a imaginar que a entregar respuestas. Me interesa que los niños puedan construir sus propias interpretaciones de una historia, en lugar de conducirlos hacia un único mensaje.

Por ejemplo, en La Sonrisa Fugitiva, mi libro más reciente, la historia trata de una niña llamada Pipa, cuya sonrisa decide irse de viaje un día, después de recibir una noticia inesperada.

Hay una parte del libro que dice: “Una noche de otoño, Pipa recibió una noticia que no estaba esperando. Entonces ocurrió algo muy extraño...”

Y ahí la historia continúa sin revelar cuál fue esa noticia.

Creo que la versión de mí que escribió en 2020 probablemente habría explicado exactamente qué había pasado. Tal vez habría dicho que sus papás se separaban, que había fallecido su abuelo o que había ocurrido algún hecho específico.

Pero hoy decidí dejar ese momento abierto, porque quiero que el libro pueda acompañar distintas experiencias. Puede representar la tristeza por una separación, un duelo, la partida de un amigo a otra ciudad, un conflicto en el colegio o cualquier situación que haga que un niño sienta que su “sonrisa se fue de viaje”.

De esa manera, la historia deja de hablar de un solo problema y se convierte en un espacio donde cada lector puede encontrar su propia experiencia.

Esa, creo, ha sido la principal evolución de mi escritura: pasar de querer transmitir un mensaje específico a crear historias que abran preguntas, despierten emociones y permitan múltiples interpretaciones.

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