No dejes que te violen: El valiente testimonio de una mujer que pudo escapar de las garras de su captor en Cusco

Viajera denuncia a presunto violador que la alcanzó en el interior de un bus interprovincial
No dejes que te violen: El valiente testimonio de una mujer que pudo escapar de las garras de su captor en Cusco

No dejes que te violen: El valiente testimonio de una mujer que pudo escapar de las garras de su captor en Cusco

14 de Febrero del 2018 - 10:36 » Textos: Correo Cusco » Fotos: Correo Cusco

Una viajera realizaba su periplo desde la ciudad de Arequipa con destino al Cusco, tenía planeado pasar unos días en compañía de sus amigos antes de volver a Lima a seguir con la rutina, sin embargo, un intento de violación cambió los planes que tenía, y le dejó una profunda huella de desazón e indignación, sentimientos que valientemente decidió contar para alertar sobre el proceder de malos individuos y de un sistema que tiene muchas fallas.

Su nombre es Fabiana Caballero y su caso se hizo viral debido a la publicación que hizo a través de sus redes sociales, donde recibió infinitas muestras de aliento y apoyo, e incluso recibió el testimonial de muchas otras víctimas de violación o intento de violación, pero que se callan debido al miedo y la vergüenza.

Como cuenta a Correo, en un principio ella no sabía si hacer público su caso, pero finalmente se decidió para hacer una catarsis de lo ocurrido y que su testimonio sirva como alerta para las autoridades y demás personas. 

TESTIMONIO:

Eran las 8 pm del 28 de diciembre, en un bus de Oltursa que iba de Arequipa a Cusco. Estaba muy emocionada porque nunca había ido y me iba a quedar en casa de Nicolás, junto con otros amigos. Estaba sola, en el asiento 52, pegado a la ventana. Luego, un hombre al que no le presté mucha atención se sentó a mi izquierda. Me dijo “buenas” y yo también lo saludé. Yo estaba un poco enferma y cansadísima, así que tomé unas pastillas, me tapé con una chompa, una casaca y una frazada y me dormí muy profundamente.

Eran más o menos las 4 de la mañana y seguía en el bus. Me desperté y sabía que algo terrible estaba pasando. Estaba echada, apoyada en el lado derecho de mi cuerpo. Sentía un aliento caliente y una respiración agitada, justo detrás de mí. Alguien me había sacado la casaca, la chompa y la frazada que llevaba encima. Alguien me había levantado la blusa hasta casi tocarme el cuello. Y, aunque no podía creerlo, y no quería creerlo, alguien me estaba frotando un miembro húmedo por toda la espalda.

Alguien: Wilbert García, 55 años.

Me quedé congelada y sólo cerré los ojos con toda la fuerza que pude. “Esto no está pasando, esto no está pasando…” ¿Y si sigo durmiendo y hago como que no ocurrió nada? ¿Y si sólo ignoro todo? ¿Y si esto no es real?

Empecé a temblar y, aunque quise ponerme de pie, no pude. Él empezó a frotarse más rápido, a jadear más, a pegarse más a mí. Entonces, sentí algo viscoso…él acababa de eyacular sobre mi espalda y yo sentía náuseas.

De pronto, empezó a bajar sus manos. Tocó mi piel. Tocó mis nalgas. Tocó mi ropa interior. Tocó mis jeans. Empezó a jalarlos hacia abajo. Pero en ese momento, al fin pude reaccionar. Me paré de golpe y lo increpé: “¿Qué está haciendo? ¡¿Qué está haciendo?!” “Yo no he hecho nada”, me respondió. Empecé a pedir ayuda, preguntando en voz alta si alguien por favor, podía cambiarme de sitio. El terramozo estaba al costado, pero no hizo ni dijo nada. Vi cómo algunas personas se despertaban murmuraban entre sí, volteaban para mirarme. Pero, nuevamente, nadie hacía ni decía nada. El ómnibus no se detuvo. Aunque yo seguía diciendo “ayuda”. Aunque yo pedí y pedí que me dieran otro asiento. Aunque yo sentía como si mis piernas se fuesen a quebrar de lo mucho que estaba temblando. Aunque se me salían las lágrimas.

Después de un rato, Germán y Diego fueron las únicas dos personas en ese bus con más de 50 que me ayudaron. Dos estudiantes, menores que yo, que iban sentados en los 2 asientos contiguos. Germán me dijo que no me preocupe, que Diego me iba a cambiar de sitio. Yo agarré mi mochila y traté de tomar mi casaca y mi chompa, mi chalina, los alfajores de café que había comprado en Arequipa para Nicolás y su familia. Pero no podía tomar nada, todo estaba muy borroso y yo sólo quería salir de ahí. Le pedí a Germán que por favor sacara mis cosas y corrí al baño. Ya no pude contener más las náuseas, así que vomité y luego empecé a lavarme la espalda, rascándola tan fuerte que hasta llegó a arderme. Luego me gasté casi toda mi colonia, rociándomela y rociándomela, como si con ella pudiera, aunque sabía que no era posible, borrar lo que acababa de suceder.

Salí del baño y apenas podía caminar. Estaba mareada y las rodillas se me doblaban. Vi que Diego me había cambiado de sitio. Me senté al lado de Germán, un completo extraño. Un completo extraño que me escuchó, me tomó la mano, me abrazó, me dijo que todo estaría bien y me prestó sus audífonos para escuchar música y distraerme, aunque sea, un poquito. La indiferencia de todas las otras personas, que nunca se acercaron a preguntarme si necesitaba ayuda, que sólo voltearon porque les picaba tal vez, una morbosa curiosidad, ya no me importó. ¿Qué será, no? De repente, en casos como estos, las personas se desconciertan o se paralizan. Quiero creer que es eso y no que, en realidad, no les importa. Lo que sí sé es que las veces en las que me ha tocado presenciar algún tipo de violencia hacia otra mujer, dentro de lo que he podido, he hecho algo. Insultar al agresor, que luego saldría corriendo del micro. Preguntarle a la mujer si estaba bien. Abrazarla. Decirle que ella es fuerte. Cualquier gesto, hace mucho tiempo decidí que nunca, nunca, iba a quedarme callada.

Por eso es que días después, y hasta ahora, he sentido momentos de culpa. ¿Por qué me quedé congelada? ¿Por qué no reaccioné antes? ¿Por qué no insulté o golpeé a ese monstruo para defenderme?

¿Por qué yo, que defiendo a otras, no pude defenderme de ti, Wilbert García?

Ya no pude dormir y, a partir de ese momento, todo empezó a hacerse confuso. Unas 2 horas después, Germán me dijo que había hablado con el terramozo. Me preguntó si quería hacer una denuncia. Aunque en esos momentos me sentía débil, enferma y que no lograba entender bien casi nada a mi alrededor, le dije que sí. Aunque sabía que sería duro, no quería que ese asqueroso tocara a otra mujer. Nunca más. Germán me explicó entonces que, en ese caso, al llegar a la terminal de Cusco, yo sería la primera en bajar. Luego, unos policías subirían para llevarse al sujeto.

Como yo bajaría primero, tuve que esperar al lado de la puerta mientras el bus seguía avanzando. Le escribí a mis papás diciéndoles lo que había ocurrido. La primera reacción de mi papá fue decirme: “Fabiana ves, te dije que no viajaras en bus”. Como digo, fue su primera reacción. Tal vez ante la impotencia, la frustración, ante el hecho de que no podía hacer nada…Luego le escribí a Nicolás: “Nico voy a demorarme, me ha pasado algo horrible. Un viejo asqueroso en el bus me tocó y voy a denunciarlo”. El terramozo vino a mi lado y me dijo: “Señorita, ¿lo va a denunciar? Esto es bien serio, ¿está segura de lo que pasó?” Sentí mucha rabia en mi interior. Es decir, además de no haberme ayudado cuando se lo supliqué, me preguntó si estaba segura. Sí pues, sólo me pareció que un hombre desconocido me levantó el polo. Sólo me pareció que me pasó su pene caliente por toda espalda mientras se pegaba a mí. Sólo me pareció que eyaculaba en mi espalda. Sólo me pareció que me empezaba a meter mano y a bajarme el calzón y el pantalón.

Le dije que sí, que estaba completamente segura.

Cuando por fin llegué a la terminal, más o menos a las 7 am, bajé antes que los demás pasajeros. Luego, unos policías subieron para llevarse al hombre. A partir de este momento, todo empezó a hacerse más confuso para mí. Nicolás y Mateo llegando a la comisaría de la terminal para verme. Los 2 abrazándome, sus caras de preocupación. Germán y Diego, diciéndome que se quedarían conmigo y que testificarían. Las personas saliendo y entrando. El agua de azahar y la manzanilla, que no sirvieron de mucho porque no paraba de temblar. Mateo cogiendo mi dedo índice, hundiéndolo en la tinta y poniendo mi huella digital por mí en un papel, porque me temblaba tanto todo el cuerpo, que no podía hacerlo sola. Los policías diciéndome que tenía que ir a la comisaría “Viva el Perú” y realizar ahí la denuncia. La larga espera en dicha comisaría, innecesaria además, porque posteriormente, me informaron que la denuncia tenía que hacerse en la comisaría de turismo. Las abogadas llegando. Mi hermana mayor llamándome, diciéndome que todo estaría bien pero que tenía que ser fuerte y tranquilizarme.

Después de horas, al fin me tomaron la declaración. Tuve que contener las ganas de llorar porque sabía que, si empezaba, ya no podría detenerme. Al final, el policía me preguntó si tenía algo más que agregar. Yo le dije que estaba muy asustada, pero que estaba realizando todo el proceso porque no quería que ese asqueroso intentara violar a otra mujer nunca más.

El miedo te congela. ¿Qué hubiera pasado si no hubiera podido reaccionar a tiempo…?

Germán y Diego ya habían dado sus declaraciones y habían tenido que irse. Yo le pregunté a la abogada si podía irme también, por el momento. Me dijo que sí, que vaya a descansar. Me sentí muy aliviada porque sólo quería salir, abrazar a mis amigos y olvidarme de todo por un momento. Al salir de la comisaría de turismo, estaban todos esperándome: Nicolás, Mateo, Mauricio, Claudia. Los abracé y les dije que estaba bien, que no se preocuparan. Lo dije porque me sentía profundamente culpable y no quería causarles más problemas.

¿Por qué somos nosotras, siempre, las que nos sentimos culpables? ¿Mi intención no era, acaso, viajar, conocer Cusco, divertirme con mis amigos? ¿No será que la sociedad en la que vivimos nos bombardea por todos lados y nos enseña a sentir culpa desde que somos pequeñas?

¿La culpa no será, en realidad, tuya y sólo tuya, Wilbert García?

Camino a casa de Nicolás, vi un video que se había compartido en Facebook respecto a mi caso. No pude verlo todo porque me dio muchísima rabia. En él aparecía el fiscal que, sin saber mucho acerca de lo ocurrido, opinaba que el eyacular en la espalda de una mujer e intentar bajarle el pantalón era tan sólo un tema de “tocamientos indebidos” y no una tentativa de violación, como restándole importancia.

Cuando llegué a casa de Nico, sus papás me abrazaron. Anita, su hermana de 8 años, me abrazó también. Me mostró sus juguetes, me hizo una cartita con stickers, me dijo que me había estado esperando. De pronto, sentí que podría sanar.

Es cierto que me divertí mucho en el viaje. Es cierto que reí, bailé, pinté y bailé. Pero también es cierto que, desde ese día, me cuesta conciliar el sueño y tengo que tomar pastillas para dormir. También es cierto que, de cuando en cuando, vuelvo a sentir culpa. Es cierto que lloré de frustración sola, el 4 de enero, día en el que me enteré que habían soltado a Wilbert García. Es cierto que yo pensaba que ya había superado todo, hasta que empecé a escribir todo esto. Como dije al principio: nunca me había costado tanto escribir algo. Mientras he redactado esto, he sentido náuseas, rabia y he llorado mucho. Me di cuenta que, para no poder continuar el viaje y para no preocupar a nadie, reprimí y callé muchas cosas. Pero decidí que ya no más.

DATO:

-La persona acusada de violación fue puesta en libertad y el caso viene siendo investigado en la ciudad del Cusco. Fabiana Caballero cita que no descansará hasta que el imputado reciba un castigo ejemplar por lo que hizo y refirió que llegará a Cusco en unas semanas para ver cómo va el proceso.