Cuando Lucía Díaz (54) era niña, nunca se imaginó que un día fabricaría las máscaras de chinchilpos y gamonales, y menos que sería aclamada por ello; de hecho, ni siquiera le gustaban esos “negritos” que bailaban en Huayucachi porque “la molestaban durante las fiestas”. Lucía recién descubrió ese talento cuando su esposo, Abel Rojas Orellana, “El Cuervo” —un reconocido zapatero de Huayucachi—, tuvo que irse a Estados Unidos en busca del “sueño americano”, pues ya solo se usaban zapatillas. Fue así, hace más de 20 años, cuando la necesidad golpeó su puerta y no le alcanzaba para comer, que Lucía —o la “Tía Cuerva”, como ya la conocían— descubrió su don.
HISTORIA. Lucía nos recibió en su casa-taller del jirón Los Claveles, una zona de acceso difícil en el límite del Cerrito de la Libertad y la Cooperativa Santa Isabel. La “Tía Cuerva” es alegre, como pocas, y trabaja junto a sus vecinos mientras nos contesta:
“Mi esposo, ‘El Cuervo’, arreglaba zapatos y hacía botas, además de las máscaras. Yo miraba lo que él trabajaba, pero él nunca me enseñó; nunca me dijo ‘hazlo así’. Yo le pedía a Dios en mi mente: ‘Jehová, ayúdame’. Así empecé. Al principio, empecé cosiendo las plantas de los zapatos con lesna; me ganaba mis platitas, un sol o un sol cincuenta”, nos relata en la puerta de su taller.
Era joven cuando le tocó despedirse de su esposo; sus hijos eran pequeños y no le quedó otra que seguir.
“Después, cuando la necesidad apretó y mi esposo se fue a Estados Unidos, quedamos con deudas. Yo seguí con la zapatería, empecé a hacer más máscaras porque me venían rogando: ‘Hazlo, tía, tú haces bonito’”, recuerda. Sin saberlo, esa frase le cambió la vida. Aunque su esposo nunca dejó de lado a sus hijos, fue gracias a su arduo trabajo fabricando máscaras y botas que la “Tía Cuerva” logró que ambos se graduaran de la universidad y hoy sean profesionales.
TRABAJO. Aunque con cierto recelo —porque solo le gusta exponer lo mejor de su trabajo—, Lucía nos muestra una máscara que está “viejita”, pero tiene historia: una de sus primeras creaciones para los chinchilpos.
“Esta mascarita es de badana. No es cuero; es badana simple, pero así las hacía y me las compraban. Trataba de hacerlas lo más hermoso posible. Poco a poco he sabido entallar; ya veo los ojos, la cara larga, la cara gorda o chiquita”, cuenta. Además, confiesa que por esos años esas mascaritas valían 30 soles; evidentemente, hoy sus trabajos han multiplicado su valor.
Pero su buena fama como artesana no se quedó en Huayucachi; poco a poco se fue corriendo la voz hacia Chongos Bajo, Huamancaca y Huancayo. Poco a poco también, su agenda se fue llenando de pedidos de máscaras para la morenada, negrerías, chonguinada, tunantada y hasta avelinos. Los pedidos de otras regiones también están a la orden.
“He mandado para los Negritos de Yauyos, para el Chuto Amoroso de Carhuamayo, para Cañete y para Acobamba (Huancavelica), la mascara grande de Retaguardia. Tengo varias plantillas guardadas, pero a veces me falta tiempo para hacer más”, cuenta.
El legado de la “Tía Cuerva”: La maestra artesana que conquistó el Valle del Mantaro
Lucía Díaz descubrió su talento mientras sobrevivía sola con sus hijos. Hoy, sus máscaras —de altísima calidad y detalle— recorren todo el Perú y el mundo.