Los cementerios no solo son lugares de muerte; cada primero y 2 de noviembre, los camposantos cobran una vida desbordantes, latiendo al ritmo de miles de corazones que cargan flores, oraciones, recuerdos y un profundo anhelo de reencuentro, con sus seres queridos que partieron hace algún tiempo.
Visita una vez al año
Por lo general, los cementerios están ubicados en la cima de empinadas colinas y cerros agrestes, imponen para los deudos un desafío físico que parece insignificante frente al peso de la memoria.
Entre ellos encontramos a Don Hipólito Brusel Torres. A sus 82 años y apoyado firmemente en sus muletas, es la viva imagen de ese amor inquebrantable.
“Por mi accidente, es por lo que no vengo, no podía venir hace cinco años. Hoy (ayer) aunque sea con muletas, estoy volviendo para visitar “, relata con la voz quebrada mientras recuerda a su madre, su padre, su tía, sus hermanos menores y a su cuñada que descansan en la parte más alta del camposanto de Huichocruz, en Azapampa Chilca.
Para cientos de familias que migraron a otras regiones —ya sea desde la lejana Huancavelica, Lima o diversas provincias del país—, el primero y el dos de noviembre representan la única ventana en el tiempo para acortar kilómetros de ausencia.
Muchos llegan con la urgencia de limpiar una tumba, encender una veladora y conversar con aquellos que partieron.A lo largo y ancho del país, este primero de noviembre deja en claro que en el Perú la muerte no es el final del lazo afectivo.
Entre cánticos, lágrimas silenciosas, bandas de músicos que entonan melodías nostálgicas y el aroma a flores frescas que contrasta con la aridez de los cerros.
Huancayo: Cientos suben a cementerio de Huichocruz ubicado en la cima del cerro (FOTOS)
Miles acuden a los diversos camposantos, subiendo cerros, en vehículos mayores o menores para visitar a sus familiares que permanecen en el lugar del perpetuo descanso. Llevan cantoras, flores y oraciones de amor eterno.