Alias “Gringasho”

Me sorprende desde el inicio, no es el adolescente que he visto tantas veces en la televisión y los diarios
Alias “Gringasho”

Alias “Gringasho”

14 de Septiembre del 2018 - 12:55 » Textos: Charlie Becerra » Fotos: Correo

Estoy a punto de romper una de mis reglas de oro: no entrevistar a nadie con antecedentes penales que sea menor de 35 años. Los más jóvenes suelen ser impredecibles, poco confiables. Esta vez, sin embargo, bien vale la pena correr el riesgo. Se trata de Alexander Pérez Gutiérrez, “Gringasho”, el sicario más famoso de los últimos diez años.

Me sorprende desde el inicio, no es el adolescente que he visto tantas veces en la televisión y los diarios. No. Es un hombre que me supera en tamaño, de sólida estructura ósea, y que llora. Acaba de colgar la llamada que la fiscal le permitió hacer antes de entrar en el calabozo. "¿Con quién hablabas?", le pregunto después de presentarme. "Con mi pareja. Se puso mal y yo también. Ella no quería que viaje". Dejo que se explaye en su versión de los hechos: hace ya algunos meses que se dedica a vender zapatos en Lima, está intentando rehacer su vida. Dice que es difícil cuando la gente lo reconoce y ya no quieren hacer tratos con él. El llanto pugna por aflorar nuevamente cuando afirma que solo vino a Trujillo de visita, que él no estaba haciendo nada cuando llegaron los policías. 

"¿Entonces por qué corriste?", le pregunto. Levanta la cabeza y su mirada es otra, no le ha gustado nada oír eso. Recuerdo entonces que quien tengo al frente ha asesinado a un buen puñado de personas e instintivamente busco al agente que espera fuera de la habitación. Alexander se frota las manos mientras intenta contener la rabia en sus palabras. "Me están usando, se están aprovechando de mí". Pero no contesta a mi pregunta.

Diez minutos después golpean la puerta. El tiempo se termina. "Tengo que preguntarte más cosas", le digo, "¿Podemos hablar otra vez?". "¿Eso de qué me va a servir?". Asiento con la cabeza y me pongo de pie. El mensaje está claro. Le extiendo la mano, le agradezco su tiempo y salgo de la habitación. Su voz me llega casi en un susurro: "Busca a mi abogado".

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