El papa entre la emoción y la verdad

La emoción de la gente te cala hondo, te somete, aun si eres un no creyente. Y te cala más todavía porque lo ves aquí, en estas tierras tan nuestras, tan tuyas
El papa entre la emoción y la verdad

El papa entre la emoción y la verdad

22 de Enero del 2018 - 10:51 » Textos: Omar Aliaga » Fotos: Correo

Es inevitable: ver al Papa Francisco recorrer en su vehículo -ese que caricaturescamente llaman papamóvil- las calles trujillanas por las que pasas día a día, tantas veces en todos estos años, verlo así despertando la emoción de niños, adultos y ancianos que levantan sus manos y gritan solo por recibir una mirada suya, y sentir de pronto ese nudo en la garganta que te oprime hasta la voz cuando vas a hacer el comentario de rigor.

Es así. La emoción de la gente te cala hondo, te somete, aun si eres un no creyente. Y te cala más todavía porque lo ves aquí, en estas tierras tan nuestras, tan tuyas.

Además, la gente busca un ídolo, alguien en quien creer, alguien que no lo decepcione, que lo saque un rato de este mar de personajes oscuros y plenamente imperfectos que están en la política y en la vida pública. Y por eso tal vez, en un país como el nuestro, tan decepcionado de sus representantes, sumido en la orfandad de líderes paradigmáticos, la gente se aferra al Papa Francisco e ignora voluntariamente las imperfecciones y los “pecados” que se ciernen en torno a quienes rodean la figura papal.

Y por eso quizás vemos hasta periodistas que lloran, que se convierten en un feligrés más, en un cúmulo de emociones que se desprenden por un momento de su temple profesional.

Qué difícil es no dejarse llevar por la erupción de piel de gallina al ver las imágenes del papa en el Perú, y sobre todo en Trujillo. Pero también está el otro lado, más frío, más razonable, ese que antepone la verdad al sentimiento. Porque la emoción y el sentimiento muchas veces están en total contraposición a la verdad (y eso lo saben bien los amantes afiebrados).

Uno podría abandonarse en la fe, tirar todo a un costado y orar con los ojos llorosos al ver al papa bendecirnos. Pero eso significaría olvidar que hay detrás de los triplay de esas calles de Buenos Aires gente que sigue en la desesperanza, que lo perdió todo y sigue sin recuperarse. Eso significaría, además, olvidar a los pobres niños que fueron abusados por los religiosos del Sodalicio, aquellos que viven en la más vergonzosa impunidad, en ese descaro hecho carne en el monseñor Eguren, parado junto al Papa Francisco en Trujillo, agrietando más la herida.

Aun en medio del fervor y el embelesamiento, para algunos es difícil, como pueden ver, dejarse llevar por la emoción de esta histórica visita papal sin pensar en lo que se esconde bajo la alfombra y detrás de los triplay.