Samantha, cómo pasan los años

Tradición de casa dispuesta a conquistar
Samantha, cómo pasan los años

Samantha, cómo pasan los años

21 de Agosto del 2016 - 12:51 » Textos: Javier Masías

Por Javier Masías

@omnivorusq

Cuántas canciones y poemas se han hecho con nombre de mujer, libros inolvidables, películas y estupendos restaurantes. Si la Samantha que nos ocupa fuera de carne y hueso, sería de esas amigas de toda la vida que se han convertido en amas de casa demasiado severas y a pesar de ello están siempre dispuestas a sacarte de apuros. La imagino generosa y permanentemente ocupada, sin mayores aspiraciones y de mirada franca. Apenas excéntrica y nada pretenciosa. El trabajo de los años y la insistencia de las obligaciones han borrado en ella toda truculencia y artificio: Samantha, si pudiera mirarse al espejo, no usaría maquillaje.

Este restaurante no es estupendo como tantas otras canciones y películas que tienen nombre de mujer, pero estoy convencido de que en las manos correctas podría inspirar decenas de hermosas metáforas. Hace décadas que está en el mismo sitio y ha pasado de ser un conocido huarique criollo a un comedor habitual de secretarias y ejecutivos. Ser un secreto a voces entre quienes trabajan en el backoffice de la avenida Pardo garantiza que siempre ande repleto, pero también que la escena de todos los días sea la del apuro, una comida contundente servida y devorada con premura entre un trabajo y otro. Ubicado en un discreto primer piso, ofrece comida criolla y casera a precios razonables y cada vez más difíciles de encontrar en Miraflores (el valor del metro cuadrado en la zona ha hecho impracticable la existencia de la mayoría de estos huecos en el vecindario). Su cocina no es divina, pero satisface y cuesta poco, es variada y preserva el sabor casero de siempre.

Algunas cosas pueden resultar interesantes para paladares curiosos, como sus garbanzos con carne, siempre a punto de explotar en la boca, o su patita con maní, que tiene, como cosa rara, alguito de hierbabuena que reconfigura el plato por completo. El escabeche es de bonito y si bien las cebollas no crujen como cabría esperar en manos mejor entrenadas, algo me dice que dejan al pescado embeberse en los jugos desde el día anterior porque tiene un sabor muy profundo. El estofado de lengua y la causa tienen sus días y como me gusta su sazón, no me hago problemas en correr el riesgo. El ossobuco siempre está duro y es mejor evitarlo a menos que tenga dientes de hierro. Nunca pido la pasta porque la sirven sobrecocida, pero en el Perú esa desconcertante textura tiene sus fans. Ay, Samantha, cómo te han maltratado los años, y qué bien preservas, a pesar de ello, algunos de tus viejos encantos.

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