Es la primera remera peruana que participará en unas Olimpiadas, la primera de una disciplina minoritaria, casi inexistente si se compara con el archiconocido deporte rey, pero eso no amilana a Camila Valle. De todos modos defenderá a Perú, como su compañero Renzo León, encima de su bote y decidida a todo.
Tu padre, sin quererlo, te introdujo al remo...
Un día fui a pasear a La Punta con mi papá. Justo caminando por el malecón, varios de sus amigos nos encontraron y ellos le dijeron en dónde se había escondido el mejor remero y otros halagos. En ese momento, le pregunté a qué se referían y él me reveló que de joven practicó este deporte.
¿No sabías nada?
¡Claro! Lo encaré y le recriminé por no decirme nada en todo ese tiempo. Al contarme sus historias, no perdí la oportunidad y le dije que quería intentarlo. La cara de mi papá se emocionó como nunca. Al día siguiente estaba parada y lista para probar. No he vuelto a despegarme hasta entonces.
¿Fue una especie de guía?
Más bien fue como mi inspiración. Él me presentó el remo y yo accedí. Nunca me impuso nada. Yo fui quien siempre tomó la decisión. Él está conmigo, nunca deja de aconsejarme. Es como hablar de remero a remero.
En una entrevista, comentaste que este deporte ha implicado muchos sacrificios. ¿Qué fue lo más grande a lo que renunciaste?
En verdad, creo que todo, especialmente mi vida social. Me perdía los momentos comunes que tenía una chica a mi edad: reuniones, viajes y actividades con la familia. Había épocas en que entrenaba tres veces al día. Este deporte es como respirar: no puedes evitarlo. Remas, comes, duermes y vuelves a remar. Un día sin practicarlo es un día perdido.
Hubo una etapa en que abandonaste el remo, ¿no?
Sí. En 2014, mi papá fue diagnosticado de una enfermedad en el corazón y fue duro para él. Yo, obviamente, lo acompañé y, a la vez, intentaba recuperarme del choque de esa noticia.
¿Cómo fue la transición de volver al entrenamiento?
Fue muy difícil regresar, tenía que adaptarme nuevamente a todo. Pero me planteé decirle a los demás que necesitaba estar sola para el remo. ¡Entrené durísimo! ¡Demasiado! Por suerte, todo dio sus frutos. Al regresar, me fijé la meta de clasificar en ese año y lo logré.
¿Qué se debe tener para sobresalir en un deporte netamente inglés como este?
La constancia y el coraje - algo que muy pocas personas la tienen- para convencerte de que sí puedes, porque este es un deporte en que sufres mucho y duele demasiado. En verdad, la regata duele muchísimo.
¿Y lo mental es importante? Por supuesto, a veces la mente te puede fallar y por eso debes estar muy concentrada. Particularmente, solo me enfoco en mi técnica, en que debo hacerlo bien y cuándo es hora de acelerar.
El remero mexicano Juan Carlos Cabrera dice que los entrenadores de esta disciplina solo aceptan a los alumnos que quieren destacar. ¿Ocurrió ese detalle con tu entrenador, Claudio Águila?
Lo bueno y lo malo es que nunca está conforme con lo que hago. Siempre quiere más. Él no solamente me ha entrenado como deportista, sino me ha guiado como persona. Siempre me motiva a nunca rendirme, a seguir. Una no puede escapar de esos pequeños momentos de tirar la toalla. Hasta ahora se ha formado una linda relación, casi de familia.
¿Se termina de aprender del remo?
Jamás. Siempre hay cosas nuevas. Por ejemplo, tienes la oportunidad de mejorar tu técnica cada vez más. Eso no se mejora de la noche a la mañana, sino se perfecciona o vas cambiando de medidas de bote. No hay un tope.
¿Qué tan diferente es la preparación entre los remeros latinos y europeos?
Mucho. En el caso de Perú, no tenemos condiciones para remar en una cancha oficial, lo hacemos donde sea. En cambio, los europeos tienen canchas artificiales o lagunas adecuadas exclusivamente para remo. Uno puede practicar tranquilamente en aguas calmadas y perfeccionarse.
Camila Valle Granados, remera peruana: "El remo es como respirar: no puedes evitarlo"
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