Del Editor

Un amigo ruso compartió hace poco una ingeniosa observación sobre su país: "En dos años, todo cambia; en 200 años, nada cambia". Ese es ciertamente el caso de Rusia, nación cuyo tambaleante paso hacia adelante parece dejarla incluso más atrás. ¿Es cierto también para lo que llamamos progreso? ¿Son todas las deslumbrantes invenciones tecnológicas y transformaciones sociales de nuestro tiempo nada más que variaciones superficiales sobre una plantilla inmutable?
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29 de Junio del 2017 - 11:50 » Textos: SERGE SCHMEMANN

Ciertamente el paso del cambio en la vida actual es vertiginoso, para bien y para mal. Estamos en contacto incesante con cada cual y podemos tener acceso instantáneo a todo el conocimiento acumulado a lo largo de la historia humana; pronto seremos transportados en automóviles sin conductor y curados por médicos robot. En el frente social, ser gay o transgénero está dejando de ser una maldición de Caín… sin embargo, también es cierto que mientras más rápidamente nos movemos, mayor es la resistencia.

En el extremo más aterrador del reaccionario espectro, fanáticos islamistas adoptan tecnología de punta para su prisa asesina hacia un pasado idealizado. E incluso en un bastión de prosperidad, alfabetismo y libertad como Estados Unidos, existe una grotesca y creciente resistencia a la ciencia, ya sea con respecto al cambio climático, vacunación o evolución.

Así que, ¿significa eso que a final de cuentas, como opinó el Rey Salomón hace casi tres milenios, no hay nada nuevo bajo el sol, que el frenético paso de la invención y la evolución del siglo XXI equivale finalmente a algo ya vivido y experimentado? Sé que cuando me paro sobre un despeñadero viendo al mar en un día de otoño, hipnotizado por el choque incesante de olas más abajo, es difícil resistirse a la sabia conclusión del monarca en el sentido que "Ya han sido eras antes de nosotros". Sin embargo, después recuerdo que estamos causando que los mares suban peligrosamente y que los peces desaparezcan, y me pregunto: ¿Realmente será lo mismo en las eras después de nosotros?

Estas son cuestiones que ponderamos en nuestra selección anual de Puntos de Inflexión, catalogando las ideas, tendencias o invenciones que modificarán nuestra trayectoria y harán diferente 2016 respecto de 2015. No causa sorpresa entonces que varios de nuestros autores exploren los desafíos del impresionante universo, en rápida evolución, de internet: Eric Schmidt de Google sobre mantener la Red como un "lugar seguro y vibrante"; el novelista Bret Easton Ellis sobre la "economía de reputación" fomentada por índices en línea; el bloguero científico Ji Shisan en torno al ascenso de los robots; y el periodista de moda Jeremy Langmead sobre el mundo del estilo totalmente cambiado. Desde el mundo no-digital, el planeador urbano Jaime Lerner examina el futuro de ciudades donde cada vez vivimos más de nosotros, en tanto el economista Sergei Guriev ofrece la alentadora observación de que todo parece indicar que la democracia conlleva beneficios económicos. Además, están las guerras que convierten pequeñas poblaciones en refugiados, de las cuales escriben el novelista Okey Ndibe y el ex guerrero Phil Klay. Y mucho, mucho más.

Mi amigo ruso y Salomón están en lo correcto, por supuesto, en el sentido que a final de cuentas, seguimos atados a las mismas pasiones, los mismos ritmos naturales y mortalidad que estuvieron atados nuestros ancestros. Sin embargo, la paradoja es que una parte de esa constante es una curiosidad insaciable y una inventiva extraordinaria que por siempre buscan canalizar esas pasiones, manipular los ritmos y desafiar la mortalidad. El cambio está en nuestros genes: Nosotros y nuestras criaturas prójimas estamos programados para evolucionar por siempre a fin de sobrevivir. Y cuando nos equivocamos, cambiamos de nuevo, y de nuevo, y nuevamente. ¿No hay nada bajo el sol? Nosotros también cambiaremos eso.

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