La escalofriante realidad que viven las esclavas del sexo latinoamericanas en Japón

​Desde golpes, abusos e incluso ser quemadas en sus partes íntimas es la vida de las esclavas del sexo.
La escalofriante realidad que viven las esclavas del sexo latinoamericanas en Japón

La escalofriante realidad que viven las esclavas del sexo latinoamericanas en Japón

08 de Enero del 2019 - 12:28 » Textos: Redacción Multimedia » Fotos: ABC.es

Desde golpes, abusos e incluso ser quemadas en sus partes íntimas es la realidad que viven las esclavas del sexo latinoamericanas en Japón.

El tráfico de personas a nivel mundial es un cáncer que vive latente en todas las sociedades, integrada por personas que se aprovechan de quienes no cuentan con los recursos suficientes para llevar una vida digna y las engañan con el trabajo soñado para luego convertirlas en esclavas sexuales y así pagar deudas que les crean por llevarlas de viaje a otro país, alimentarlas e incluso vestirlas.

Las mujeres latinoamericanas que llegaron a Japón a inicios del sigo XX fueron torturadas y explotadas de diversas formas. Ellas, luego de regresar de su jornada laboral, eran sentadas una al lado de la otra desnudas, y les pedían que se abrieran de piernas para revisar que no ocultaran nada.

Marcela Loaiza, una de las víctimas que logró escapar de esta cruda realidad, contó que una de sus compañeras había escondido un preservativo con dinero en su parte íntima y fue descubierta por los proxenetas cuando abrió sus piernas.

Como castigo, ellos le quemaron sus genitales con un cigarrillo, y como si no hubiera sucedido nada, al día siguiente la mandaron a seguir trabajando.

Esta acción fue una advertencia para todas las mujeres que intentasen ocultar las propinas que sus clientes les daban.

Marcela contó su historia de como llegó de su natal Colombia hasta Japón. Ella se dedicaba a trabajar como bailarina pero debido a que su hija se enfermó terminó perdiendo los trabajos que tenía, fue entonces que contactó con un hombre que le dijo que la volvería famosa en el extranjero.

Él pagó el tratamiento de la hija de Marcela y a cambió le pidió a ella que viajara al extranjero para trabajar como bailarina y así pagarle el dinero que le prestó. Sin embargo, ella no supo a dónde iría hasta el último momento, cuando arribó a Japón.

Ahí vivió durante 18 meses y sufrió un calvario constante, siempre deseaba escapar y reencontrarse con su pequeña, sin embargo temía que sus captores le hicieran algo a su familia.

Pero por cosas del destino, en el lapso de tiempo que trabajó como prostituta, uno de sus clientes se enamoró de ella y tras ocho largos meses de tratar de explicarle su situación, debido a que ella hablaba español y el japonés, logró que la ayudara a huir, dejándole ropa y explicándole en un mapa como llegar al cónsul de Colombia en ese país.

Ella no dudó cuando tuvo la oportunidad de huir y corrió y corrió hasta llegar a su destino, donde contó su historia y luego fue deportada a Colombia, logrando, finalmente, reencontrarse con su familia.

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