Una vida desarraigada

¿QUÉ VIDA ESPERA A LOS MIGRANTES DESPUÉS DE SU VIAJE?
Una vida desarraigada

Una vida desarraigada

29 de Junio del 2017 - 11:09 » Textos: OKEY NDIBE

Cuando los igbo del sureste de Nigeria tienen que describir un acontecimiento humano cataclísmico, a menudo recurren a un proverbio. “Algo más poderoso que el grillo”, dicen, “ha invadido su agujero”. Superado por su enemigo, las opciones del grillo son o abandonar su corazón y correr en busca de seguridad, o morir luchando.

Como millones de otros igbo, mis padres enfrentaron está sombría decisión en 1967, cuando el gobierno nigeriano lanzó una guerra civil contra la región suroriental rica en petróleo donde vivíamos para aplastar los intentos del liderazgo local por separarse y crear otra nación llamada Biafra.

Apenas tenía 7 años cuando tomamos el último bote a Onitsha, desparramada ciudad comercial del sureste de Nigeria. Mis padres hicieron lo mejor que pudieron por protegernos a sus cuatro hijos de los horrores de la Guerra de Biafra, pero era imposible ocultar la sangre.

Encontramos refugio brevemente en Amaubia, el pueblo natal de mi padre. Pero conforme la guerra fue progresando y volviéndose más mortífera, las tropas federales a veces embestían civiles en bombardeos y ataques terrestres, y nuestra familia se volvió refugiada ambulante. Escapábamos de un pueblo en estado de sitio a un supuesto refugio, solo para que después cayera en amenaza, forzando otra lucha.

El gobierno nigeriano impuso un bloqueo, haciendo que la comida se volviera escasa, a menudo tan difícil de encontrar como la esperanza o el sueño, con disparos incesantes durante la noche. Donde sea que estuviéramos quedándonos, mis hermanos y yo nos sumábamos a otros niños y cazábamos lagartijas, que asábamos en fogatas improvisadas con ramas, disfrutando de la suave carne blanca.

Era común ver niños menos afortunados devastados por kwashiorkor: piernas larguiruchas, estómagos distendidos como llenos de aire, costillas discernibles, cuellos delgados y cabezas con mechones de pelo ralo descolorido.

Los adultos también morían. Un día, mientras esperaba con mis padres en una larga fila de un centro que distribuía comida y otros productos, vi derrumbarse a un hombre. Mis padres intentaron taparme la visión; demasiado tarde. Algunos hombres llegaron para llevárselo. Su cuerpo colgaba flácidamente. Durante la guerra, aproximadamente un millón de personas murió, muchas de hambre; una hambruna que el gobierno impuso deliberadamente.

Recientemente, desde la seguridad de mi casa en Estados Unidos, he visto otra vez ese infierno similar. En todo el mundo hay gente se está viendo forzada a abandonar sus casas, y está igual de desesperada que mi familia por encontrar refugio.

La escala de la miseria es vasta. En 2015, la Agencia para Refugiados de Naciones Unidas informó que 60 millones de personas fueron desplazadas en todo el mundo, según cifras registradas a finales del año previo; el número más alto de la Segunda Guerra Mundial. La palabra “crisis” palidece en comparación.

Hombres, mujeres y niños están escapando de guerras, conflictos y persecución en lugares como Siria (11.6 millones), Irak (4.1 millones), República Democrática del Congo (4.0 millones), Afganistán (3.7 millones), Sudán (2.9 millones), Somalia (2.3 millones), Ucrania (1.3 millones) y Myanmar (907,000), según Naciones Unidas. Sentimentalmente más cerca de mí, la ONU también informó en septiembre que más de 2.3 millones de personas de la zona nororiental de Nigeria habían sido desplazadas desde mayo de 2013 víctimas de Boko Haram, los insurgentes islámicos.

Turquía actualmente cobija a aproximadamente 1.6 millones de refugiados. El nombre de los demás países receptores importantes podría sorprender a algunos, puesto que no son ni europeos ni ricos: Pakistán (1.5 millones de refugiados), Líbano (1.2 millones), Irán (982,000), Etiopía (660,000) y Jordania (654,000). Para octubre, 643,000 refugiados y migrantes habían llegado a la costa europea a través del Mediterráneo desde principios de año.

Cualquiera que haya sido el lugar que estos refugiados llamaron casa alguna vez, saben del suplicio del grillo. Cuando la gente es forzada a agarrar sus hijos y huir, no hay tiempo para visas ni pasaportes. La urgencia está en cómo atravesar caminando el Sahara sin morir de sed, o en cómo sobrevivir el paso a través del Mediterráneo en una balsa. Cada persona que muere intentando alcanzar seguridad, de hecho atestigua que algunas muertes (por ejemplo, ahogarse cerca de una costa italiana) son mejores que otras.

Muchos de los que sobreviven se encuentran atrapados, tormentosamente cerca de la seguridad: detrás de ellos, muerte y destrucción; adelante, alambres de púas y agentes policiacos. En este punto, la gente se vuelve dependiente de la compasión de burócratas.

Pero Hungría ha estado erigiendo vallas para evitar la entrada de refugiados. Barcos patrulleros malasios y tailandeses acosaron botes llenos de escuálidos rohingyas (la perseguida minoría musulmana de Myanmar) para mantenerlos en el mar. Australia no se preocupa por erigir vallas, pero pone en cuarentena a muchos refugiados fuera de la costa, en la isla de Navidad y en Nauru y Papúa Nueva Guinea.

De todas las barreras, la etiqueta recibida a menudo es la más difícil de superar. Cuando una persona termina siendo llamada refugiada o migrante o buscadora de asilo, esa designación refleja la agenda de la persona que lo dice y no el intento por contar la propia historia. El Primer Ministro de Gran Bretaña, David Cameron, calificó de “enjambre” a la gente que llegaba a las fronteras europeas. Algunos eruditos europeos han señalado que la mayoría son musulmanes, implicando que si se les permite asentarse, podrían intentar socavar las tradiciones y valores locales.

He estado esforzándome por entender por qué gente indefensa cuyas vidas han sido desarraigadas, y a quienes nada les gustaría más que volver a casa, inspira este temor.

Para cuando una familia de refugiados vuela a Londres, o llega a una estación de autobús de Ammán, o desembarca en la costa malasia, los rasgos de la vida de clase media a menudo ya se han perdido; credenciales profesionales sin valor, amigos y familiares diseminados, solo algunas posesiones. Quizás cuando la gente siente repugnancia ante un refugiado, está reaccionando a la idea de que sus vidas estables también podrían verse de cabeza con algunas balas; que todo de lo que dependen podría reducirse a escombros.

Tal vez se deba a que algunos refugiados han viajado desde muy lejos escapando no a países vecinos sino a otra región completamente diferente y, por tanto, es menos probable que su suplicio sea conocido y recibido con compasión.

O quizá algunos de los refugiados nos recuerdan eventos que quisiéramos olvidar. Si los estadounidenses o europeos permitieran que refugiados iraquíes o libios se asienten dentro de las fronteras de sus naciones, ¿les recordaría que la invasión a Irak encabezada por Estados Unidos y la deposición de Gadafi apoyada por la OTAN trajo caos a esas naciones en lugar de paz?

Y luego está la idea de que entre los refugiados se ocultan terroristas. Luego de los ataques terroristas de París en noviembre, un pasaporte sirio falsificado fue encontrado con el cuerpo de uno de los asesinos. Grupos de la derecha en toda Europa exhortaron a sus gobiernos a sellar las fronteras, y algunos europeos y estadounidenses empezaron a mezclar inmigración con terrorismo.

No obstante, cuando los refugiados tienen suerte en su viaje, a menudo es porque viven momentos de compasión y empatía en el recorrido. También hay mucha gente que abre sus casas, funda organizaciones de caridad, transporta refugiados entre fronteras. Raras veces basta, pero esto ayuda a seguir adelante. Al final de la Guerra de Biafra, la suerte me llegó cuando una mujer se compadeció de mí mientras permanecía parado cerca de una caótica fila de comida. Me dio algunas raciones y una muy necesitada moneda, que se la llevé a mis papás.

Si uno encuentra casa, enfrenta el reto de rearmar una identidad, forjar una comunidad, decidir qué recuerdos desechar. Uno se ve forzado a rehacerse desde cero, molécula por molécula. Algunos no se adaptan. Para otros, el recuerdo del paso al exilio siempre encerrará fantasmas vengativos; familiares perdidos o abandonados, o aquéllos que perecieron en el camino.

Algunos de mis recuerdos más nítidos son del final de la Guerra de Biafra. Mis padres enfrentaron una lista de pérdidas: familiares que habían muerto o que habían sido mutilados en cuerpo o mente; nuestra casa en ruinas, con fotos y otros recuerdos valiosos perdidos para siempre. Pero estábamos vivos.

Algunos familiares ayudaron a mis papás a parchar la mitad de nuestra destechada casa, y nos mudamos. Mi padre retomó su trabajo en el servicio postal y mi madre recuperó su puesto de maestra.

Mis hermanos y yo continuamos nuestros estudios con cierta pasión. No importaba que las tropas nigerianas hubieran bombardeado el edificio de nuestra escuela hasta los cimientos, forzándonos a tomar clases al aire libre, orando bajo lluvia y sol. Ir a la escuela era un ritual de nuestra vida previa y parecía ofrecer una oportunidad de recuperar parte de la misma.

Cuando se sabe lo que es tener hambre y carecer de techo, y haberlo perdido todo, se sabe que cualquiera puede terminar en esa situación. No hay otra más que esperar que el burócrata al que uno está pidiendo ayuda entienda que podría haber estado del otro lado del escritorio. Y para darles crédito, muchos lo entienden.

Somos el resto los que necesitamos aprender. Los refugiados no son personas que amenacen ningún tipo de vida: muchos de ellos saben el valor de la compasión, y conforme se vuelven vecinos, amigos y colegas nuestros, nos enseñan de empatía. Parte de nuestra deuda con ellos es darles la ayuda que nos darían. E incluso ser capaces de ayudar a restaurar el orden, normalidad y armonía en los países originales de los refugiados, repentinamente despedazados y vueltos inhóspitos.

(Okey Ndibe, actualmente miembro de la Universidad de Nevada, en Las Vegas, es autor de las novelas “Foreign Gods, Inc.” y “Arrows of Rain”).

Lo más leído