Irónico que muchos izquierdistas que por casi 30 años hicieron carrera y dinero cuestionando a Alberto Fujimori y a su régimen, que se salió del cauce constitucional con el anuncio que dio en la noche del domingo 5 de abril de 1992 disponiendo la ilegal disolución del Poder Legislativo y la toma del sistema de justicia, ahora sean escuderos de ese otro golpista llamado Pedro Castillo, por el hecho de ser también de izquierda.

Ayer en Correo Lima mostramos las similitudes entre ambos sucesos: el golpe de Fujimori de 1992 y el de Castillo de 2022. Obvio que el primero sí tuvo respaldo de políticos, de la población y de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional, en cambio, el del profesor fue un mamarracho surrealista que no contó ni con el apoyo del chofer del vehículo en que iba el golpista, que terminó en una sede policial para su detención mientras huía a la Embajada de México.

Lo cierto acá es que Castillo también quiso tomar el poder en sus manos. Le metió una pateadura a la Constitución, a la separación de poderes y a la democracia. De otro lado, si en 1992 Fujimori tuvo detenidos de forma arbitraria por los que incluso ha sido condenado, el profesor quiso arrestar a la fiscal de la Nación, Patricia Benavides. Que nadie le haya hecho caso es otra cosa, pero lo de golpista y violador de la Carta Magna no se lo quita nadie.

Castillo jamás creyó en la legalidad y el estado de derecho. Por eso postuló por Perú Libre. No hay que ser muy letrado para darse cuenta que su ideario es un real atentado contra las libertades y la democracia. Lo que hizo el profesor al mediodía del 7 de diciembre fue en parte su oferta de campaña, fue quitarse la careta y mandar al tacho las “pelotudeces democráticas” de las que nos hablaba su escudero Guillermo Bermejo.

Llama la atención (es un decir) que la izquierda que tanto cuestionó al golpista Fujimori, ahora salga a blindar al golpista Castillo. Es la misma gente que se dice “defensora de los derechos humanos”, pero que es la escudera de quien hizo campaña con los genocidas del Movadef, el Sendero Luminoso 2.0 que no pondrá bombas ni matará gente, pero sí reivindica a quienes lo hicieron desde 1980 y espera el momento para hacerlo nuevamente.

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