Opinión

​A 25 años del cese diplomático

Columna de Miguel Ángel Rodríguez Mackay

29 de Diciembre del 2017 - 07:24 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Un día como hoy, hace 25 años, los legítimos proyectos de realización personal y profesional de 117 diplomáticos peruanos fueron interrumpidos. La afectación inevitablemente alcanzó a sus familias, que no entendían las razones de la maquiavélica medida. Se había consumado el desprecio de un puñado de diplomáticos aristócratas y acomplejados, que tenían una visión sesgadísima de la diplomacia y los diplomáticos emergentes, manejando patrones y estereotipos cargados de prejuicios. Todo se hizo a puerta cerrada y con luz baja, como todo acto cargado de maldad, y se consumó en la residencia del embajador del Perú en Washington y actual canciller, Ricardo Luna, que, aunque lo ha negado, es indubitable que debió conocer toda la ignominiosa medida. El “Informe Final sobre el cese de 117 funcionarios diplomáticos dispuesto por la Resolución Suprema N° 453-92-RE”, emitido el 26 de agosto de 2002 por la Comisión Especial de Alto Nivel establecida por Resolución Ministerial N° 0172-2002-RE, lo tiene registrado en el numeral 14 de dicho informe.

Aunque, el Gobierno del Perú pidió perdón por la insensible medida cuando volvió a la democracia, hasta ahora no se ha logrado sacar a los diplomáticos de la fractura y resarcir el enorme daño que provocó ese desnaturalizado acto. Me llamó muchísimo la atención de que Luna fuera elegido ministro de Relaciones Exteriores. El gobierno del presidente Pedro Pablo Kuczynski ha anunciado un nuevo capítulo en la historia del país reciente a la luz de la compleja coyuntura nacional, por ende en su gestión gubernativa.

Deberá, entonces, hacerlo en Torre Tagle donde también es indubitable que su canciller lo dejó en completa orfandad cuando pidió la presencia de observadores de la OEA para el proceso de su vacancia, ya superado. A 25 años del cese -hoy felizmente todos los funcionarios repuestos en labores diplomáticas, luego de luchas intestinas en espacios judiciales y otros- las prácticas de aquel entonces deberían ser erradicadas y PPK tiene la oportunidad histórica de concretarlo. No más diplomacia oscura y debajo de la mesa. Solo así veremos a un Servicio Diplomático integrado, porque no lo está.

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