Me permito hacer un “stop” en mis columnas económicas y de infraestructura. Este fin de semana disfruté de la fiesta que Mabela Martínez nos regaló con Maestra Salsa en el Gran Teatro Nacional. Música, contexto e historia se encontraron sobre un mismo escenario y me dejaron una certeza: en el Perú hay talento. Hay mucho. Lo que falta es un proyecto de país que entienda la cultura no como ornamento, sino como una forma de construir sociedad.
La música lleva un mensaje. También la literatura, la pintura, la danza. Son maneras de reconocernos y de contar quiénes somos. Sin embargo, hemos sido mezquinos con quienes han dedicado la vida a construir ese patrimonio invisible.
Pienso en Alicia Maguiña. Estudiosa, compositora e intérprete extraordinaria de nuestra música, falleció en 2020 con honores discretos, quizá ensombrecidos por la pandemia. ¿Qué hemos hecho desde entonces para preservar su legado y acercarlo a nuevas generaciones?
Pienso también en Mario Vargas Llosa. Arequipeño, peruano, universal. Su despedida oficial estuvo lejos de la dimensión que su obra alcanzó en el mundo. Cada peruano debería conocer a nuestro Nobel, leerlo, discutirlo. Y no debe quedar en una despedida, sino en vivir y redescubrir su obra día a día.
A veces hablamos de nuestra grandeza como si hubiera quedado detenida entre los Incas y el mundo precolombino. Pero un país no termina de construirse nunca. Lo siguen forjando sus músicos, escritores, artistas, científicos y pensadores.
No todo es industria. No todo es negocio. Una nación también se construye con aquello que no cabe fácilmente en una hoja de cálculo: memoria, belleza, identidad y pensamiento.
Quizá hemos caminado demasiado tiempo a espaldas de lo nuestro. Es hora de volver la mirada. Un país que honra a quienes lo hacen trascender también aprende, finalmente, a honrarse a sí mismo.
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