A más de una semana de la segunda vuelta presidencial, el país sigue atento a los últimos resultados del proceso electoral. Keiko tiene ventaja y parece una tendencia irreversible. Roberto Sánchez y sus simpatizantes preparan protestas. La diferencia entre los candidatos confirma, una vez más, que el Perú continúa siendo una nación políticamente dividida. Sin embargo, más allá de las controversias, los cuestionamientos y la resistencia de algunos sectores a aceptar el resultado final, es momento de comenzar a mirar más allá de la elección. La verdadera discusión ya no debería centrarse únicamente en quién ganó, sino en qué hará quien asuma la conducción del país.
La democracia no termina cuando se cuentan los votos. Por el contrario, allí empieza la etapa más importante: la del cumplimiento de las promesas y la respuesta a las expectativas ciudadanas. Durante meses, los candidatos ofrecieron soluciones para enfrentar la inseguridad, reactivar la economía, mejorar la salud pública y fortalecer las instituciones. Ahora corresponde convertir esos compromisos en acciones concretas.
Por ello, el próximo gobierno tiene la oportunidad —y la obligación— de romper con el círculo de promesas incumplidas que tanto ha desgastado la confianza ciudadana. Gobernar no puede limitarse a administrar la coyuntura ni a sobrevivir políticamente. Se requiere una visión clara del país que se quiere construir y la capacidad de ejecutar políticas públicas con eficiencia y sentido de urgencia. La población demanda un Estado que funcione, que proteja a los ciudadanos y que genere condiciones para el desarrollo.
Ahora empieza la parte más difícil: demostrar que las promesas de campaña eran algo más que palabras.
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