Opinión

Alan García y los males del país

COLUMNA: RENATO SANDOVAL

16 de Enero del 2019 - 07:30 Renato Sandoval

Alan García se ha convertido en la reserva moral del país. No le sobra empacho para decirnos a diario quién es corrupto y quién no lo es. Así también, es la panacea de la Nación, el único que redujo la pobreza, quien hizo más obras y, ahora último, el hijo de la patria que no roba como otros. Qué delicia de ser humano.

Como en política nadie da puntada sin hilo, el expresidente está ganando terreno mientras dure la investigación fiscal en su contra. De esta manera puede convertirse en el único líder de oposición al gobierno de Martín Vizcarra. Así, si algún día le cae el guante, tiene la coartada perfecta para decirle al país y al mundo que lo quieren silenciar por decir las cosas de frente.

Ante la ausencia de Keiko Fujimori, quien purga prisión preventiva, Alan García ha tomado la posta de la crítica artera con tan poca sustancia pero a la vez con tan marcada exposición mediática. También debería agradecer que otros líderes políticos, esos que solo aparecen en campaña, no quieran ni asomarse por cierto temor a salir chamuscados.

El exmandatario sabe cuándo guardar silencio y en qué momento acaparar la noticia. Es un personaje a quien muchos califican de ominoso, un eximio del control de los tiempos de la política. Tiene las frases perfectas para endilgar sobrenombres a perpetuidad, como la “pareja presidencial”, de la dupla Ollanta Humala y Nadine Heredia.

En la punta de la lengua tiene esculpidos los nombres de los responsables de los males del país, de aquellos que se anotaron como sus rivales de campaña. Por eso ahora es un jardinero de la sospecha ajena y cultiva populares odios. Aquella humildad para saber reconocer los errores no parece acercarse a sus pensamientos.

Pero Alan García sabe hacer sus cosas. Conoce el punto débil del peruano promedio. Se ha dado cuenta de que las historias de otros alejan las murmuraciones en contra. De esta manera se puede entender la experticia del dos veces presidente de la República para torear a la justicia. Y lo seguirá haciendo mientras va forjándose como el revolucionario del aprismo alimeñado. 

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