Dos de las novelas en idioma español más leídas y traducidas de los últimos años, “La casa de los espíritus” (1982) de Isabel Allende, y “Como agua para chocolate” (1989) de Laura Esquivel, pueden verse actualmente en logradas adaptaciones en el formato de serie. La obra de la escritora chilena se encuentra en sus ocho episodios en Prime Video, mientras que la de la mexicana tiene subidos sus 16 capítulos en HBO Max. La novela de Allende propone una saga familiar en la que los roles más fuertes los tienen las mujeres de la historia, ante un machista Esteban Trueba. Todo esto se desarrolla en medio de realismo mágico e importantes hechos de la historia de Chile. Esquivel, por su parte, decidió contar la historia de Tita, cuya madre decreta que ella no se casará porque debe cuidarla hasta que ella muera, ante esa injusta decisión la joven se vuelca a la cocina para que allí pueda desfogar sus sentimientos y frustraciones. La autora de “La casa de los espíritus” está muy satisfecha con la adaptación de su novela en serie, de la que ella es productora ejecutiva junto a Eva Longoria. “Es la versión que siempre debió haber sido”, dijo, y además celebró la participación de un elenco latinoamericanos que reafirma la identidad de sus personajes tal cual los reflejó en su obra. Con Esquivel sucedió lo contrario, ella no criticó el talento de los actores y actrices, arremetió en contra de su adaptación porque según ella: “no refleja la esencia de la obra original. Se le dio excesivo peso a la Revolución Mexicana, convirtiéndola en un eje central cuando mi objetivo original era explorar la liberación femenina a través de la cocina y el realismo mágico”. Hay que anotar que será eterna la polémica en torno a las adaptaciones de una obra literaria a una película o serie, y eso es comprensible. Los primeros que siempre saltan a la yugular son los lectores, que prefieren quedarse con la imagen que ellos se crearon de una historia y sus personajes, mientras que los críticos irán crueles a desgranar todos los errores de la nueva propuesta. Definitivamente, hay que puntualizar que el lenguaje audiovisual exige otro tratamiento, la extensión de una novela, su lenguaje, la forma de contarla, no se puede trasladar estrictamente a una película o serie, que exige un ritmo distinto para que el público no le dé la espalda. Cuando un escritor vende los derechos de su obra, deja a discreción de los productores todas las adaptaciones, pero el televidente tendrá siempre la última palabra.
ALLENDE Y ESQUIVEL EN PLATAFORMAS, columna de Johnny Padilla
Opinión