Fue Beto Ortiz quien, en una entrevista, me preguntó si estaba de acuerdo con la estrategia del “encontramos una desgracia”. Le respondí que, si era necesario definir una línea de base para la gestión, pero que el verdadero reto comenzaba después.
Los ministros han empleado esta estrategia de distintas maneras. Desde la política pública, es necesario establecer una línea de base que permita medir los resultados de la gestión. Es una práctica saludable y, además, deberíamos acostumbrarnos a aplicarla siempre. Pero cuando de establecer esa línea de base pasamos al “ampay, me salvo”, se inicia un camino —o, más bien, un laberinto— del cual luego resulta difícil salir.
Y es que, aun si al Perú lo hubiese alcanzado una bomba nuclear como la de Hiroshima, la urgencia del ciudadano de a pie probablemente reposaría menosen saber quién la construyó, por qué lo hizo o qué salió mal. Incluso, paramuchos pasaría a segundo plano conocer quiénes participaron en la fabricación del arma destructiva. Esas preguntas quedarían registradas, sin duda, en las páginas de la prensa y en los círculos académicos quienes producirían el análisis necesario para condenarlo, sancionarlo, y claro, no repetirlo.
Pero, en el mundo cotidiano del peruano —que hoy es el mundo del video de minuto y medio y de la sensación permanente de llegar tarde a todo, porque el país, la naturaleza, la tecnología y la geopolítica avanzan cada vez más rápido—, lo que la gente espera son resultados.
Los peruanos están esperando soluciones. Y es en eso que, la estrategia y comunicación política del Ejecutivo están fallando. Dedicarle menos atención al vecino y al pasado, y más esfuerzo a establecer un programa claro que rompa con el status quo, y que, en consecuencia, comprenda las necesidades delpais, es imperativo.