El voto de castigo de las elecciones presidenciales, que llevó a Keiko Fujimori y Roberto Sánchez a segunda vuelta, parecía anticipar el fin de varios partidos políticos. Alianza para el Progreso (APP), Somos Perú, Podemos Perú, el APRA, Acción Popular, entre otros no superaron la valla electoral. Las elecciones regionales y municipales parecían convertirse en una suerte de elección de despedida.
Sin embargo, la política tiene sus propias paradojas. APP y Somos Perú demostraron que una derrota presidencial no es un fracaso. Según cifras de la ONPE, APP obtuvo 230 alcaldías distritales y 33 provinciales, mientras que Somos Perú alcanzó 227 distritos y 32 provincias. Y, a nivel regional: APP logró una gobernación (Huancavelica) y pasó a segunda vuelta en seis regiones, mientras que Somos Perú consiguió dos gobernaciones (Ica y Ucayali) y llevó ocho candidatos en segunda vuelta.
Los resultados dejan una lección: una elección nacional y local no siempre van en la misma dirección. Un partido puede sufrir un revés en la elección presidencial y, al mismo tiempo, conservar músculo político para ganar alcaldías con figuras locales. Los resultados de APP y Somos Perú son una muestra potente de estructuras territoriales.La eventual pérdida de inscripción no será una dificultad para reunir firmas para volver a inscribirse ante el Jurado Nacional de Elecciones.
Pero una cosa es recuperar la inscripción y otra, reconstruir la confianza ciudadana.
¿Estamos ante el fin de las ideologías y los partidos tradicionales? Es prematuro afirmarlo. Las ideologías no han muerto, pero los partidos que durante décadas tuvieron presencia van camino a la extinción. El elector actual ya no obedece las viejas lealtades partidarias. Es más pragmático, individualista y menos subordinado a la verticalidad política.
El problema es que muchos partidos buscan respuestas en fórmulas del pasado para una sociedad que ya cambió. El APRA, Acción Popular, el PPC e incluso Perú Libre, entre otras organizaciones, tienen una tarea que va más allá de reunir firmas: necesitan reconstruir su identidad, renovar sus liderazgos y demostrar que todavía están vigentes.El voto de castigo de las elecciones presidenciales, que llevó a Keiko Fujimori y Roberto Sánchez a segunda vuelta, parecía anticipar el fin de varios partidos políticos. Alianza para el Progreso (APP), Somos Perú, Podemos Perú, el APRA, Acción Popular, entre otros no superaron la valla electoral. Las elecciones regionales y municipales parecían convertirse en una suerte de elección de despedida.Sin embargo, la política tiene sus propias paradojas. APP y Somos Perú demostraron que una derrota presidencial no es un fracaso. Según cifras de la ONPE, APP obtuvo 230 alcaldías distritales y 33 provinciales, mientras que Somos Perú alcanzó 227 distritos y 32 provincias. Y, a nivel regional: APP logró una gobernación (Huancavelica) y pasó a segunda vuelta en seis regiones, mientras que Somos Perú consiguió dos gobernaciones (Ica y Ucayali) y llevó ocho candidatos en segunda vuelta.Los resultados dejan una lección: una elección nacional y local no siempre van en la misma dirección. Un partido puede sufrir un revés en la elección presidencial y, al mismo tiempo, conservar músculo político para ganar alcaldías con figuras locales. Los resultados de APP y Somos Perú son una muestra potente de estructuras territoriales.La eventual pérdida de inscripción no será una dificultad para reunir firmas para volver a inscribirse ante el Jurado Nacional de Elecciones. Pero una cosa es recuperar la inscripción y otra, reconstruir la confianza ciudadana.¿Estamos ante el fin de las ideologías y los partidos tradicionales? Es prematuro afirmarlo. Las ideologías no han muerto, pero los partidos que durante décadas tuvieron presencia van camino a la extinción. El elector actual ya no obedece las viejas lealtades partidarias. Es más pragmático, individualista y menos subordinado a la verticalidad política.El problema es que muchos partidos buscan respuestas en fórmulas del pasado para una sociedad que ya cambió. El APRA, Acción Popular, el PPC e incluso Perú Libre, entre otras organizaciones, tienen una tarea que va más allá de reunir firmas: necesitan reconstruir su identidad, renovar sus liderazgos y demostrar que todavía están vigentes.