Los últimos resultados electorales han sido malísimos para el APRA, como lo hemos reconocido diversos dirigentes. ¿Qué circunstancias han generado este alejamiento de la simpatía popular y de su propio electorado? Pregunta difícil de responder a la luz de lo que ha significado para el país la presencia del APRA en los últimos años. Tras el regreso de Alan García del exilio, el Partido recuperó su presencia importante en la vida política nacional, llegando a disputar la segunda vuelta del 2001 y colocando una respetable bancada parlamentaria. Durante el gobierno de Alejandro Toledo no faltaron algunas escaramuzas normales en toda democracia, pero el APRA mantuvo su compromiso de ser una oposición responsable que coadyuve a la preservación y afianzamiento de la democracia y de la estabilidad y crecimiento económico. Debido a las circunstancias y la extraordinaria habilidad política de García, el APRA ganó la segunda vuelta del 2006 a Ollanta Humala, liberando al país de ingresar al antihistórico, dictatorial y corrupto círculo “chavista” que amenazaba con extenderse irremediablemente por toda la región y que a partir de aquella derrota perdió fuerza y predicamento. El APRA y Alan García han hecho un buen gobierno. Lejos del nerviosismo original, la economía continuó creciendo a mayor velocidad, duplicando el presupuesto nacional, triplicando las reservas internacionales, descentralizando de verdad al país y multiplicando prerrogativas y presupuestos regionales. Las inversiones y exportaciones crecieron enormemente y con ellas el empleo y el bienestar. Como resultado, la pobreza disminuyó en un tercio y se redujo la distancia entre las oportunidades que separaban a ricos de pobres, generando mejores condiciones educativas y mayor integración y desarrollo con carreteras, servicios básicos y obras populares. ¿Qué ha hecho entonces que frente a este panorama económico y social el electorado haya dado la espalda al APRA? Diversos temas para reflexionar: desgaste político; falta de mayor eficiencia en la administración pública y en la comunicación por parte de los diversos funcionarios del régimen; carencia de una visible política de lucha contra la corrupción; confrontaciones internas; sobreexaltación de los resultados obtenidos sin considerar la existencia de 10 millones de pobres que no han viajado a la misma velocidad en el progreso; y otros. Se impone entonces un necesario proceso de reflexión, con humildad y ánimo de autocrítica, con los pies pegados a tierra y con la mayor fraternidad para recuperar el camino. Todos, de rey a paje, cargamos una cuota de responsabilidad.