Resulta alucinante contemplar cómo dicen amar los fariseos de la política peruana. Doctores de la persecución mediática, nuestros fariseos proclaman que debemos amar a los delincuentes que nos balean en las esquinas, porque solo así encontraremos la paz del corazón. Como es obvio, los fariseos no saben amar, ya que es imposible amar desde el pedestal de la soberbia. Y quien se presente como el sabelotodo de la política peruana, peca de soberbio, es un reo de su propia sombra, un ser condenado por sus palabras.
En efecto, a nuestros fariseos les fascina señalar con el dedo a los demás acusándolos de todos los crímenes y todas las corrupciones posibles mientras se presentan ante el pueblo como la reserva moral de la nación, el reducto de la decencia, los que viven en el lado correcto de la historia. Al contrario, si algo nos enseña la historia universal es a desconfiar de los falsos profetas que se disfrazan con el manto de la virtud y están prestos a tirar la primera piedra con rabia y sordidez. La política peruana de los últimos años ha estado llena de estos personajes kafkianos, que se cambian de chaqueta a cada rato, que aparecen y desaparecen en distintos partidos, que un día venden humo y al otro día lo alquilan, y todo por una miserable cuota de poder. No aprenden, no olvidan, no perdonan. Y luego nos sorprenden a todos utilizando una palabra sagrada: amor.
Debemos amar al Perú hasta las últimas consecuencias. Y amar al Perú implica poner en práctica la esencia del amor: el perdón. Solo perdona el que ama. Solo ama el que perdona. Por eso, ahora que nos toca votar, amemos al Perú votando por seres de carne y hueso, por personas que se equivocan y lo admiten, no por fariseos que desde el pedestal de su soberbia nos señalan a quién debemos lapidar.