El presidente José María Balcázar abrió la boca públicamente y casi acusó a los judios de haber llevado a la Alemania nazi a entrar a la Segunda Guerra Mundial, lo que motivó un comunicado conjunto de las embajadas en Lima de Israel y Alemania, que ponía en su sitio al mandatario y le exigía disculpas. Pese a esto, el hombre, no tranquilo con el papelón internacional y el ridículo en que dejó al Perú, insistió con sus disparates, lo que generó una nueva respuesta del gobierno de Berlín.
Pero está claro que el hombre no se queda tranquilo. Ya había quedado desautorizado y pintado en la pared al tratar de oponerse a una vital compra de aviones de combate F-16 para la FAP, para que días después sus propios ministros suscriban el contrato, simplemente porque había que cumplir un compromiso de Estado con un país aliado y la empresa fabricante. Sin embargo, el domingo último Balcázar ha vuelto con la cantaleta y hasta ha señalado que puede haber una renegociación de los precios de las aeronaves.
Lo dijo en el programa Sin Rodeos, creyendo quizá que adquirir aviones a gente seria como la empresa Lockheed Martin con el aval del Departamento de Guerra de los Estados Unidos por 3 mil 500 millones de dólares, es como tratar de ir a pedir rebaja a un vendedor informal de frutas o de prendas de vestir. Balcázar no logra comprender que la mencionada adquisición es un asunto pactado, que debe ser continuado y cerrado más allá de quién esté en el gobierno.
Estoy seguro que este obstinado rechazo de Balcázar a la compra de aviones cazas tiene origen en sus taras ideológicas que a sus 80 años de edad nadie se las va a quitar de la cabeza. Los comunistas como el jefe de Estado que tenemos, por naturaleza rechazan a las Fuerzas Armadas y a la Policía (allí está Roberto Sánchez celebrando los 20 años del “Andahuaylazo”), y más si de por medio hay una importante compra de material bélico no a China o a Rusia, sino a Washington.
Parece que este presidente tan patético y tan precario que tenemos, no cuenta con asesores o con un equipo de ministros que eviten que a cada momento haga el ridículo, y de paso al Perú lo deje por los suelos. Como señalé hace unos días, llévenlo a pasear a provincias, a inaugurar losas deportivas, a dar discursos a escolares o a entregar condecoraciones a cualquier visitante extranjero. Este pobre señor no da para más, y si no lo controlan nos puede meter en serios problemas.