Opinión

Bartra

Columna de Martín Santivañez

28 de Diciembre del 2017 - 07:11 Martín Santivañez

La verdadera reconciliación está fundada en el adecuado ejercicio del Derecho. La paz social llega después de una guerra abierta contra los enemigos del Estado.

A cada época, un enemigo concreto. El enemigo de nuestro tiempo es el relativismo moral, un pensamiento evanescente que niega la existencia de cualquier verdad absoluta y que opta por igualar mentiras, hipocresías y apañamientos con los principios perennes que deben iluminar toda acción pública: lealtad, honestidad, coraje, patriotismo y sentido del deber.

Cuando una mujer enarbola estos principios para batir al enemigo de nuestro tiempo (un poquito de corrupción sí importa), entonces debemos sentirnos orgullosos del Perú. La defensa de los principios sobre los que se ha fundado la República equivale a la conservación de lo mejor de este país. Los principios no se negocian. Los principios no se posponen. Los principios no se retacean ni se alquilan al mejor postor.

Dulce et decorum est pro patria mori, decían los romanos. Es dulce y glorioso morir por la patria. Toda patria es un conjunto de principios. Por eso, hay gloria en la preservación de la tradición principista que asegura la supervivencia de la República. Así se hace la historia. Así prevalece el Perú. En este holocausto de valores es que se fragua el carácter nacional.

Hemos llegado al ojo de la tormenta perfecta de Odebrecht y valga este momentáneo respiro para rendir homenaje a Rosa María Bartra, protagonista del drama de nuestro tiempo. Los miserables ataques contra ella son condecoraciones al espíritu que la anima, el mismo de esa abeja republicana que fue el Solitario de Sayán. Que nadie se equivoque. El azote de “Lava Jato” no marcha sola. Con ella, con la defensa de los principios, camina lo mejor de este país.