Opinión

Cómplices y asesinos

Podrá decirse que los cómplices lo hicieron por amor, que encubrieron los hechos porque querían a su hermano o a su hijo. No. Eso no es amor. Eso es odio a la humanidad. Esa actitud es miserable y dañina. Lo que hicieron los responsables de estos dos crímenes no puede quedar impune

11 de Diciembre del 2016 - 08:10 Clara Elvira Ospina

Yuliana tenía 7 años. Jugaba en la puerta de su humilde casa en un barrio de invasión en Bogotá, vecino de un sector de gente acomodada. Un hombre a bordo de una lujosa camioneta la llamó, la subió al carro, la llevó a su apartamento, muy cerca de allí, la violó, la torturó y la asesinó.

Kiara tenía 11 años. Vivía en Chiclayo. Hace tres años perdió a su madre, víctima de cáncer, y quedó en manos de su tío, pues su madre antes de morir quiso que ella estuviera con él porque tenía una familia constituida y su padre tenía dificultades para criarla. Pero en ese “hogar” ella conoció el abuso y encontró la muerte. Fue violada (nadie sabe desde cuándo) y embarazada. Su tío la llevó a practicarle un aborto clandestino. Le perforaron el útero, la asesinaron. Su primo de 18 años (el principal sospechoso de la violación) desapareció. La madre de este también estuvo fugitiva hasta la noche del viernes.

Son dos historias que arrugan el corazón, que nos hacen perder la fe en la humanidad. Pero que además tienen un lazo macabro que las hermana.

El asesino de Yuliana y los abusadores y asesinos de Kiara contaron con la complicidad de sus familiares. Los dos hermanos del desquiciado Rafael Uribe Noguera, el asesino de Yuliana, han sido llamados a rendir testimonio a la fiscalía pues alteraron la escena del crimen y se llevaron al criminal a una clínica, en donde estuvo internado 24 horas antes de ser notificado de la orden de detención. El cuerpo sin vida de Yuliana fue lavado y untado con aceite para borrar huellas e intentar camuflar golpes que confirman la tortura previa a la muerte. La fiscalía sospecha incluso que sus hermanos, Francisco y Catalina, le ayudaron o le recomendaron consumir cocaína y tomarse una botella de whisky como estrategia para argumentar que estaba fuera de sí cuando cometió el crimen. No sobra decir que Francisco es abogado de un prestigioso estudio legal colombiano.

En el caso de Kiara, donde todo es ahora muy confuso y hay menos información, lo único cierto es que Marcio Núñez, el joven de 18 años señalado como responsable de la violación que condujo al embarazo, huyó con su madre, Luz Bertha Criollo, quien se entregó el viernes diciendo que lo único que hizo fue ¡ayudar a la niña!

Podrá decirse que los cómplices lo hicieron por amor, que encubrieron los hechos porque querían a su hermano o a su hijo. No. Eso no es amor. Eso es odio a la humanidad. Esa actitud es miserable y dañina. Lo que hicieron los responsables de estos dos crímenes no puede quedar impune, pero tampoco puede quedar impune la actuación de sus cómplices. Eso es coparticipación. Son tan criminales como ellos. Su actitud confirma que no les importan ni la vida ni los derechos de los demás, de niñas indefensas y desfavorecidas. Es un deber humano respetar a las mujeres, a las niñas, pero es aún más doloroso que haya mujeres, Natalia en Colombia y Luz Bertha en Perú, capaces de ser cómplices de hechos tan atroces cometidos contra unas niñas. Claramente no tienen ningún síntoma de empatía, esa condición que nos diferencia de los animales.

Por Clara Elvira Ospina - Directora periodística de América TV y Canal N

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