Hay asuntos de la realidad que, obviamente, expresan o niegan lo que la teoría o la buena voluntad se hayan propuesto. Ese debe ser el caso, con saldos negativos, del valioso concepto de “sociedad educadora” y lo que él encierra al establecer que la convivencia social debe ser propicia para una educación permanente, con el consiguiente crecimiento cualitativo y material de quienes en ella participan, a lo largo de toda su existencia y que se traslada, mejorando, generación tras generación.

Dicho sea de otro modo, la sociedad educa (o maleduca) de todas maneras. En consecuencia, lo que vivimos como colectividad debe estar impactando a las generaciones jóvenes, que no son otras que aquellas en las que está “el futuro de la patria”, como suele decirse en frase desgastada y vacía.

Aunque pudiera suponerse que los niños y adolescentes no se dan cuenta de lo que ocurre, hay un ambiente que nos daña e intoxica a todos (“deletéreo” hubiera dicho González Prada). Si la pandemia no fuese suficiente por ella misma, el pobre rendimiento del Ejecutivo, la descalificación profesional y ética de funcionarios e instituciones, la dudosa conducción de las instancias judiciales, la dependencia a intereses particulares en el recinto legislativo, la inseguridad ciudadana creciente, la inestabilidad laboral y económica, la corrupción casi generalizada y la carencia de visiones alentadoras y creíbles son las lecciones que transmitimos sin real propósito de enmienda. ¿Qué podemos esperar si eso es lo que enseñamos?

Tal vez nunca como ahora se plantea la dicotomía: continuidad o ruptura. ¿Apagamos las luces o todavía habrá quienes logren prender unas nuevas?