Keiko debe evitar a toda costa el estilo de Dina: confiarse al piloto automático. Después de gobiernos marcados por la indecisión, se esperaba que le devolviera carácter a una institución huérfana de liderazgo desde hace demasiado tiempo: el Gobierno nacional.La imagen que durante años construyó la izquierda sobre Keiko —una líder autoritaria, dispuesta a imponer su voluntad y perpetuarse en el poder— contrasta con estas primeras semanas. Más bien ocurre lo contrario. Como sucede en tantas organizaciones del país, la franela del círculo de confianza amenaza con sepultar cualquier expectativa de resultados concretos.
Cuando un gobierno deja de tomar la delantera, se hace un ocho y comienza a escudarse en que no puede, no sabe o todo es demasiado complejo, empieza a perder. El secuestro de Jenss Lara y el homicidio de cuatro personas fueron un campanazo sobre la escalada de la delincuencia. Sin embargo, la respuesta recordó demasiado a Dina Boluarte: estamos haciendo lo que podemos. Sin reformas de fondo y, sobre todo, sin compromisos verificables sobre resultados.
El Gobierno necesita ministros empoderados, capaces de dar la cara, fijar prioridades y explicar cómo piensan alcanzarlas. La política pública no puede quedarse en diagnósticos y buenas intenciones: necesita decisiones, responsables, plazos y resultados.
De lo contrario, seguirán siendo el hampa, los estragos climáticos y hasta la oposición quienes impongan la agenda y definan desde qué orilla se discute. Y pocas cosas son más peligrosas para un gobierno que renunciar a gobernar para dedicarse únicamente a defenderse. Keiko todavía tiene tiempo para corregir el rumbo. Pero cada semana que pasa tiene menos.
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